sábado, 17 de septiembre de 2011

El individualismo Gruñón


El individualismo nos viene del ancestro hispano, pues bien sabemos cómo es el carácter español que ha propendido siempre a constituir núcleos regionales separados entre sí, con olvido casi total de la unidad superior de la patria. Nosotros heredamos esta propensión toda vez que la colonia estuvo constituida también por núcleos aislados e independientes. Este aislamiento fue forjando un carácter huraño que, en su conducta social, se asemeja mucho al de los señoríos feudales de la península. Aquí como allá el español trato siempre de exigir un trato de privilegio, de exención (todavía hoy se nos va el tiempo y la vida en conseguir toda clase de exenciones por considerar que siempre hay meritos especiales para ello, bien de carácter individual o de carácter institucional). Para el español ser señor era gozar de fueros y privilegios que se le concedían en virtud de su nobleza y grandes hazañas. No otra cosa trataba de lograr el conquistador y luego el colonizador cuando viajaba a la corte en busca de títulos, cartas, capitulaciones bien para su propio y particular provecho o para provecho de su fundación, ciudad o provincia. Agréguese a este la influencia del aislamiento producido por las elevadas montañas, las selvas, los ríos y los mares inmensos que impedían el trato fácil y frecuente con los vecinos de otras ciudades y de otros países. El que haya tenido la experiencia de vivir todavía hoy en zonas alejadas de los centros urbanos, en medio de nuestras montañas, sin caminos, ni puentes, luchando por hacer un “abra” en medio de la selva, comiendo frijoles y arepas a toda hora, soportando las lluvias y el calor, sin vecinos ni ayuda de nadie sabe lo que es la soledad selvática. Las privaciones a que está sometido el colono, tal como debió estarlo en aquellos remotos tiempos con mayores agravantes en la medida en que dista nuestra civilización de pleno siglo XX de la civilización de los siglos XVI, XVII y XVIII.De tal manera, pues, que los factores ambientales y la herencia son los dos elementos que aparecen en la base de nuestro individualismo, bien se le considere en sus manifestaciones personales, bien como particularismo de grupo.
Otro factor coadyuvante de la idiosincrasia individualista del costarricense hay que buscarlo en la educación. Durante los siglos coloniales la educación estuvo constituida por las normas morales recibidas principalmente en el hogar, es decir, por un conjunto de preceptos, de modos de vida , de usos y costumbres traídos por el conquistador y transmitidos de padres a hijos. A todo esto hay que agregar las enseñanzas cristianas inculcadas insistentemente por los misioneros y curas de almas en sus labores pastorales ocasionales o permanentes. La escuela apenas si empezó a influir en la educación de los niños a finales del siglo XIX, logrando una mayor eficacia con el decreto de la enseñanza común, obligatoria y gratuita.
Ahora bien, la educación de los primeros tiempos fue todo lo moral que se quiera, pero concebida dentro de las estrecheces de criterio de la época, y , sobre todo, con miras al cumplimiento de las normas elementales de conducta propias para formar, más que buenos cristianos, varones honestos, honrados, trabajadores y temerosos de Dios, capaces de sobrellevar aquella vida de privaciones y pobrezas que era la única herencia que recibían y la única que transmitían a sus hijos al morir. En suma, un tipo de moral basada, sobre todo, en el cultivo de las virtudes de la paciencia y la resignación y en la fe del carbonero. Por lo demás, cada uno sabía que no tenía a donde volver sus ojos a la hora de las grandes pruebas, pues aquella sociedad era un verdadero archipiélago de chozas dispersas e invisibles que escondían sus vergüenzas entre las frondas, alejándose lo más posible de los ojos del señor cura y del gobernador.
En la época independiente la educación cambia de métodos, da mayores facilidades, es más constante y progresiva, más consciente de su misión civilizadora y de su importancia como medio para lograr un mejor aprovechamiento de los recursos nacionales y un mejoramiento del nivel de vida del pueblo. Empero sigue siendo individualista, con un individualismo inspirado en el concepto liberal de la vida, es decir, en la idea de que cada cual debe valerse de su libre iniciativa particular para mejorar su suerte por medio de la cultura y de la riqueza que logre atesorar, sin preocuparse mayor cosa de la suerte de su prójimo. Estas son las metas del profesionalismo liberal de que tanto nos ufanamos en este país, en donde hay una pequeña minoría de personas que vive holgadamente y una gran mayoría que no puede vivir porque no tiene quien le tienda una mano y le ayude a levantarse.
Veamos ahora las manifestaciones de ese individualismo gruñón que desafortunadamente nos caracteriza. En primer lugar notamos que entre nosotros se observan formas comunitarias de relación; al igual que en otros países de Latinoamérica, nuestros lazos de amistad son fríos e inconsistentes, hay desconfianza reciproca y pocas veces se llega a establecer un vinculo solido e irrompible. Más bien propendemos a eludir los compromisos que suponen un poco de altruismo; ahora que si se trata solo de pasarla bien, sin mayor sacrificio material o económico, todo el mundo está siempre dispuesto a recibir y formular invitaciones para fiestas y saraos, recepciones y espectáculos. Pero que no se nos toque el bolsillo porque enseguida tenemos la negativa en la boca y el gesto gruñón de quien murmura entre dientes, como dice el diccionario de la lengua, por creer que se amenaza de alguna manera la integridad de nuestros intereses materiales.

Y venimos a tocar el punto más sensible del tico, la propiedad privada. A todos nos consta la forma como reaccionamos cuando algún motivo, sufrimos o creemos sufrir alguna merma de nuestros bienes, no importa cuáles sean los fines a que se destinen la parte o fracción que se nos “quite”, como decimos en tono airado; y es que desde siempre hemos dado por un hecho inconcluso que los bienes heredados o adquiridos son totalmente nuestros, vale decir, que el derecho de posesión supone que , tanto los bienes como su utilidad, usufructo o renta son enteramente de propiedad privada, sin limitaciones de ninguna naturaleza. ¿De dónde hemos tomados estas ideas que, desde luego , no son nada cristianas, sino mas bien paganas por el egoísmo que presuponen?Sin duda alguna que ellas provienen, por un lado del ancestro hispano, que desconoce la función social de la riqueza, por más que en ella se prodigue, a veces, la caridad, la misericordia como medio de perfeccionamiento cristiano y, por el otro, de las predicas del liberalismo que nos vinieron como anillo al dedo al justificar teóricamente lo que en la realidad cotidiana fue y ha sido el único modo d posesión que hemos practicado. Recordemos a este propósito como el liberalismo surge en la mente de John loke como una doctrina que busca, sobre todo, crear una estructura estatal que sirva para garantizar fundamentalmente el derecho de propiedad de la clase capitalista, Aquí los “riquillos” como los llamaba el General Jorge Volio, se percataron muy pronto de que el liberalismo era la mejor forma de asegurar sus negocios, tal como ocurrió en Europa, mediante una inversión periódica en las campañas políticas, ya que así si lograba copar todos los órganos del Estado con el triunfo en las urnas electorales. Este gobernaría siempre en su propio beneficio, guardando para los pobres la misma limosna que habitualmente daban, según lo imponía una rutina inmemorial. Ahí esta nuestra flamante legislación social petrificada o, como hoy se dice, congelada en este punto. Al parecer no hay manera de que revisiones periódicas a que se somete la Constitución Política, generalmente con miras a preparar el camino a reformas que habrán de favorecer a las oligarquías, acaben por introducir el cambio sustancial que el pueblo tanto necesita, es decir, el articulo que establezca en forma clara el principio de que la propiedad tiene una función social que cumplir permitiendo, en consecuencia, legislar sobre el uso de la propiedad con miras al bienestar del mayor numero y no solo a favor de unos pocos.
Sin embargo no todo ha de ser negativo en este individualismo liberal, como se llama con frecuencia, tan propio de nuestro pueblo. En el puede reconocerse cierta propensión a estimar algunos valores indispensables para la formación del ciudadano como son los derechos individuales, religiosamente garantizados por nuestra Constitución. En Costa Rica, cundo se habla de derechos individuales sobreentendemos que se trata de los derechos políticos; derecho de expresión, de elección de los gobernantes, derecho de contratación, derecho al libre tránsito por el territorio nacional, derecho de organización o de asociación, etc. Cada costarricense tiene muy metido dentro de si que tiene ciertos derechos inalienables garantizados por la ley y que, como ciudadano, vale tanto como cualquiera otro.
Por lo tanto, es cierto también que los muchos años de educación liberal nos han hecho tolerantes ,enemigos de las posiciones extremas, amantes de la paz y del orden, respetuosos de la ley, y celosos defensores de la libertad electoral, pues en esto todos somos liberales de viejo cuño.
Vemos, pues que al individualismo tico, o sise prefiere el liberalismo a la tica, tiene sus ventajas y sus desventajas. Haría falta, sin embargo, que una nueva generación emprendiese muy seriamente la tarea de ver el pro y el contra, separando la paja del grano, para venir a buscar en nuestra tradición o idiosincrasia histórica los elementos indispensables para una reestructuración o regeneración de la patria.
Pero, claro está que no basta con volver los ojos al pasado patriarcal y bucólico donde la simplicidad de la vida y la morigeración de las costumbres permitían el consuelo de la resignación y daban pie para mantener el “statu quo” político y social sin mayores transtornos.Hoy la situación ha cambiado mucho gracias a los avances de la técnica, de la cultura y del intercambio entre los pueblos. No podemos pretender consolar a las gentes con lugares comunes extraídos de la retorica hueca del siglo pasado. Es necesario hacerse cargo de las nuevas necesidades, del aumento de la población, de las urgencias culturales, del anhelo incontenible de todos los seres humanos para vivir dignamente, como verdaderos hijos de Dios. Para lograr este desiderátum hay que cambiar las estructuras caducas por otras más prometedoras, capaces de soportar firmemente el peso del edificio social, de las obligaciones que los pueblos, con toda justicia, imponen a sus gobernantes. Hay que reformar la educación, el concepto de la política, de la economía y de la riqueza. Hay que predicar, no un nuevo cristianismo, sino una nueva cristiandad acorde con los tiempos y con las reformas de estructura que urge llevar a cabo en nuestra patria para que todos los ciudadanos puedan sentirse dignos del nombre de costarricenses.
(extracto del libro “anatomía patriótica”)
Luis Barahona Jiménez
San José, septiembre de 1970

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