martes, 29 de noviembre de 2011

David Lane - KD REBELDE (Novela)



La novela que presentamos a continuación, KD Rebelde, escrita por el genial líder espiritual wotanista estadounidense David Lane, y luchador del nacionalismo blanco mundial, es un verdadero deleite para el intelecto y un manifiesto político bien endulzado por una bella prosa. Esta novela trata sobre la creación y manejo de un territorio por parte de los odinistas blancos de Estados Unidos, alejados de otras razas y religiones enemigas.

Para cualquier pagano nórdico folkish que cree que el odinismo o wotanismo es una religión étnica nativa y exclusiva de los pueblos germánicos, donde no deben ser admitidos negros, judíos, homosexuales y otros elementos ajenos de la sociedad tradicional vikinga, pues esto es un insulto al señor dios Wotan y demás dioses germanos, la idea de crear un Estado autónomo y soberano, y los consejos que da para sus sostenimiento, son realmente maravillosos.

Más polémica aún es la promoción que hace Lane de la poligamia, algo muy tradicional entre los antiguos vikingos y germanos, y que fue dejada de lado tras el ingreso del cristianismo judaico. Mientras la poligamia garantizaba la pervivencia de la raza y la proliferación de la estirpe, la moral falsa cristiana de origen judío mermó la población racial blanca al reducir su cantidad de hijos debido a la poligamia, que es antinatural, generando diversos males sociales. El hombre está genéticamente predispuesto a la poligamia y por eso se da el adulterio, la infidelidad y otros flagelos sociales, incluyendo madres solteras, hijos extramaritales y similares casos que la moral judeocristiana no ha logrado combatir, pues va contra la naturaleza humana. La captura de mujeres blancas es, también, esencial en una guerra abierta y era vista con naturalidad en la antigüedad como lo era la captura de alimentos y recursos, naturalmente esto no es una apología a la violencia o el secuestro, sino un escenario hipotético dentro de un contexto militar de supervivencia.

Algún día KD Rebelde será al wotanismo y la raza blanca lo que “El Estado Judío” de Theodore Herzl es al judaísmo y la raza hebrea.

KD Rebelde 

David Lane
Prefacio
«Cuando las leyes de los hombres decretan la muerte de tu raza, entonces las leyes de la naturaleza decretan tu rebelión»
--La 10ª réplica.


«La vida de una raza reside en los vientres de sus mujeres. Una raza cuyos hombres no luchan por conservar a sus mujeres está destinada a perecer.»
--Los preceptos.



«Desde tiempo inmemorial los excluídos por el poder han levantado ejércitos con promesas de pillaje, de venganza, y de mujeres.»
--David Lane























Introducción



Estamos a comienzos del siglo XXI, dentro de las fronteras de los antiguos Estados Unidos de América. Generaciones de propaganda sobre «lo oscuro es bello», el incesante fomento del emparejamiento interracial, y programas anti-blancos combinados con una incesante demonización del «malvado macho blanco», han logrado el efecto deseado: las mujeres blancas en edad de procrear o más jóvenes y no emparejadas con no-blancos, constituyen menos del uno por ciento de la población mundial.

Durante décadas y décadas, América había negado a la raza blanca la posesión de sus propias naciones, sus escuelas, organizaciones, y todo lo necesario para su supervivencia racial, a la vez que con fervor fanático fomentaba y presionaba en pro de la mezcla racial.

La aprobación de las "Leyes de la Armonía", que concedían grandes dádivas en efectivo a todas las parejas interraciales con mujer blanca, fueron, para muchos varones blancos desposeídos, la gota que colmó el vaso. Varios miles de ellos, jóvenes la mayoría, emigraron a las Montañas Rocosas de Colorado.

Hacia la época de los sucesos que aquí se narran, estos rebeldes habían consolidado un débil control sobre algunas zonas de Colorado Occidental, Utah, Idaho, Montana y Wyoming. Los rebeldes llaman a estas zonas «Kinsland», y usan las iniciales KD como apelativo abreviado del ejército de guerrilleros de los "Kinsland Defenders", los Defensores de Kinsland.

En vano suplicaron al menguante número de jóvenes blancas que se les unieran, pero con muy pocas excepciones sus angustiosas súplicas eran desdeñosamente rechazadas con las inconscientes consignas del sistema: racista, sexista, intolerante!

Así pues, y puesto que los dos requisitos primordiales para la supervivencia de una raza son territorio y mujeres de cría, la historia se repetía a sí misma.

Unos doce siglos antes, un grupo de arios migró a Escandinavia para escapar de aquella tiránica y universalista religión extranjera de Roma y Judea, negadora de razas. Sólo así podrían conservar viva la suya. Desde Escandinavia salían 'de vikingos', incursionando la ocupada Europa en busca de compañeras, y de las cosas necesarias para la vida.

Los 'kinslanders' del siglo XXI siguieron el ejemplo de sus heróicos antepasados.

La mayoría de los kinslanders eran wotanistas, también llamados odinistas, con una forma de hablar que refleja la religión indígena de la raza blanca en palabras como Midgard (la Tierra), Valhalla (la mansión de los héroes), Noms (la diosa del destino), Hijos de Muspell (la tribu religioso-racial que gobierna el mundo y que ha sentenciado a muerte a la raza blanca), y Skraelings (los no-blancos).

Esta crónica narra un periodo de tiempo en la vida de un grupo de amigos de Kinsland.







Capitulo 1 - Primer día


(El night club)

Las luces del ruidoso club nocturno fueron atenuándose, excepto las que iluminaban el escenario. «Y ahora --proclamó una voz incorpórea-- el 'Palace' se siente orgulloso de presentaros la función principal de la noche, ¡el espectáculo más erótico jamás presenciado por meros mortales!»

Dos jóvenes impactantemente bellas aparecieron sobre el escenario: una rubia escultural, que el locutor presentó como Candy, y una cimbreante morena, de pelo castaño oscuro, llamada Heather. Su vestuario también era un alegre cambio respecto a la cutre y oropelada lencería que llevaban las deprimentes estripers, Skraelings la mayoría, que habían estado botando y chocando entre sí en las actuaciones anteriores.

Faldas de tenis que justamente llegaban a la unión de sus elegantes piernas, unos 'tops' sin mangas anudados al cuello y conjuntados con la faldas, que dejaban ver sus lisos y esbeltos vientres, a la vez que unos calcetinillos cortos y zapatillas deportivas resaltaban su fresco y juvenil aspecto. Daban la impresión de dos saludables chicas casi adolescentes, listas para una excursión deportiva. Otros quizá encontrarían sus encantos evocadores de las animadoras de instituto, dejando vislumbrar sus ágiles miembros y sus florecientes misterios femeninos. La dicotomía entre modestia y tentación era irresistiblemente provocativa.

La audiencia estalló en un tumultuoso aplauso, vulgar, ensordecedor, que empequeñecía a todos los anteriores. Sin embargo la reacción de aquellos dos hombres que se sentaban casi al fondo del humoso club, parecía ser casi de compromiso, la justa para evitar llamar la atención.

Si arriesgaban sus vidas en el interior del territorio del Sistema no era solo por ver un espectáculo de estriptis. El más joven de los dos era bajo y fornido, recién afeitado, vestía vaqueros y camisa deportiva, y aparentaba unos veinticinco. En respuesta al estruendoso aplauso se inclinó acercándose hacia su compañero, comentando:

--Parece que las mujeres blancas siguen siendo las criaturas más deseadas de Midgard, ¿eh, Trebor?

Trebor, un tipo flaco como un látigo, unos quince años mayor, con barba esmeradamente recortada, replicó:

--Sí, las pocas que quedan.

Conforme remitía el estridente alboroto, pudo comenzar a oírse el sonido de una música sensual. Las dos chicas del escenario, a un brazo de distancia una frente a la otra, comenzaron a contonearse al ritmo de la música, en una provocativa danza sexual. No se podían comparar sus innegables y descarados encantos: iguales en belleza, pero con complementadas diferencias, formaban la combinación ideal para el erotismo visual.

La voluptuosa Candy era el epítome de clásica belleza nórdica. Sus largas y lustrosas trenzas, del color del trigo amarillo y maduro, ondeaban libremente alrededor de sus hombros. Su esbelta cintura acentuaba la equilibrada simetría de sus caderas y sus pechos. Su piel dorada, y las perfectamente geométricas curvas de sus pantorrillas y del interior de sus muslos irradiaban ese efecto que hace que a los hombres literalmente les duela de necesidad y de deseo. Era una Afrodita, diosa del amor, el sexo y la lujuria lasciva, reencarnada en su carne, renacida para ordenar, ejecutar y orquestar los primordiales ritos de fertilidad paganos.

Y si Candy era la esencia de Afrodita, entonces Heather era una Virgen Vestal. Su corto cabello castaño envolvía una cara delicada. Una linda nariz y unos expresivos ojos proclamaban su recatada modestia. Su fina figura evocaba la núbil forma de una ninfa, recién pasada la pubertad. Cada una de sus exquisitas pulgadas declaraban la pasión de su primer despertar sexual. Era la inocencia aún infantil, temerosa pero ansiosa, una irresistible invitación al rapto y la desfloración.

Mirándose profundamente a los ojos, la curvilínea pareja comenzó a flirtear. Con las manos íntimamente apoyadas en la cadera de la otra, ejecutaban con sugerentes oscilaciones la primordial canción de sirena de la invitación y consumación de la sensual carnalidad. Siguiendo la música, fueron parodiando ese intemporal juego amatorio del dominio y la sumisión, de seductora y seducida, de cazador y presa, que provoca y subyace bajo la intensa excitación sexual. Realzando la fantasía con el atractivo de lo ilícito, la diosa rubia se reveló como la predadora sexual. Sus manos vagaban sobre los contornos de suave terciopelo de los desnudos costados y espalda de Heather, luego se extraviaban por todas partes, como por casualidad, accidentalmente, rozándola ligeramente sobre los pechos o la cintura

Los impertinentes dedos iban socavando las inhibiciones, manteniendo la pretensión de inocencia.

La liviana Heather interpretaba intachablemente su papel, afectando inseguridad, titubeando si dar la bienvenida o resistirse a las tentadoras y placenteras caricias en otro tiempo prohibidas con alguien de su mismo sexo. Temblaba de ávida pero aprensiva expectación, aguardando intrusiones crecientemente íntimas en el santuario de su anatomía femenina. Como un pájaro delicado y exótico, hipnotizado por una ondulante cobra, era la encantadora imagen de la inocencia, sometida al inmodesto abuso de confianza y la impúdica violación del debido decoro de una doncella.

El joven sentado junto a Trebor preguntó:

--¿Crees que son lesbianas de verdad?

--No, Eric, lo dudaría muchísimo --declaró Trebor.

--Estoy de acuerdo --dijo Eric--, ¿pero porqué estás tan seguro?

Trebor reflexionó un momento, luego expuso:

--Los hombres están programados por la naturaleza para ser unos mirones. El cuerpo de una mujer hermosa, ejecutando esa coreografía primitiva de la excitación y la tentación sexual, es el afrodisíaco más poderoso. Pero los hombres también están programados para sentir celos de otros machos. Así que dos mujeres bailando juntas, sin la amenaza de otro macho, duplican el efecto erótico. A estas chicas les pagan para complacer a una audiencia masculina. A su edad dudo que tengan demasiadas inhibiciones, éso para empezar, pero si las tienen, seguramente las superarán con alguna droga. Te apuesto los ahorros de mi vida a que solo están fingiendo.

--Eso es justamente lo que suponía --asintió Eric, y luego bromeó:-- ¿Qué ahorros de una vida?

Trebor se limitó a responder con un gruñido. No obstante, la pregunta de Eric era más que razonable. Era más que conocido que Trebor donaba casi todo el producto de sus correrías por el territorio del Sistema a las familias necesitadas de Kinsland. Así que era muy dudoso que tuviera ningunos ahorros significativos. Hasta la fecha, al contrario que otros veteranos de KD que ya habían capturado a una esposa, o esposas en plural, Trebor nunca le había quitado tiempo a sus actividades guerrilleras por el placer de una compañía femenina. En vez de éso, incluso mientras estaban hablando, los ojos de Trebor no dejaban de recorrer la estancia, y el joven seguía su ejemplo.

Fingiendo interés en el espectáculo, estudiaban circunspectamente a la muchedumbre, confiando en localizar al propietario, un tal Sidney (Sid) Cohen. Los simpatizantes del KD en la zona de Denver habían señalado a Sid Cohen como posible objetivo de pillaje y justa venganza. Además del Porno Palace, Cohen era propietario de una cadena de tiendas y espectáculos pornográficos. Fuentes fiables habían informado de que Sid era además un importante distribuidor de cocaína que usaba la droga para procurarse y controlar su establo de bailarinas de estriptís. Dado que las estrellas de los establos de Sid eran mujeres blancas, era un objetivo lógico para un justo desquite. Experiencias pasadas habían demostrado que los hombres como Cohen por lo general guardaban en sus casas importantes sumas en efectivo, ocultas a los recaudadores de hacienda. Invariablemente, estos pervertidos podían ser "persuadidos" para revelar la ubicación de su dinero, y la combinación de su caja fuerte si era necesaria.

No parecía que Cohen estuviera en el club en estos momentos, así que el dúo de vengadores se recostó disponiéndose a esperar hasta la hora de cierre.

--¿Qué porcentaje de estos tipos dirías que son blancos? --preguntó Eric a su camarada.

Trebor lo consideró un momento, luego replicó:

--Quizá un veinte por ciento.

--Eso es lo que calculaba yo --asintió el joven, añadiendo--. Esta audiencia seguramente es un reflejo de la América del siglo XXI: un ochenta por ciento de 'negros', mejicanos, orientales, y mestizos.

--Sí, y los medios de comunicación siguen llamándoles minorías --bufó Trebor.

Mientras hablaban, la acción sobre el escenario aumentaba de intensidad. Al antiguo y comprobado estilo de su sexo, Heater presentaba una simbólica resistencia a las intrusiones amorosas de Candy, sabiendo instintivamente que los favores femeninos obtenidos con demasiada facilidad rara vez se atesoran muy profundamente.

Estas sutilezas estaban fuera del alcance de la compresión de los zafios espectadores, que no obstante respondían con salvaje aprobación al drama que se desarrollaba ante ellos.

Siempre era Candy la agresora, la que iniciaba cada nuevo paso para desvelar las femeninas intimidades. La coquetos y abochornados contoneos del flexible cuerpo de Heather traicionaban su creciente urgencia por probar la melosa fruta de los placeres prohibidos. Cada una procedía a ir desvistiendo a la otra con artística elegancia. Los pícaros pechos de Heather, aunque menos prominentes que los orbes de la pechugona Candy, estaban proporcionados a la perfección con su esbelta figura, y eran igual de impresionantes. Sus respingones pezones se proyectaban excitados desde sus tentadoras areolas, suplicando silenciosamente que los tocaran, probaran y saborearan.

El efecto de tal increíble belleza, realzado por su duplicidad, revelado ahora en toda su esplendorosa gloria, era tan excitante de pura y primitiva lujuria que el público gemía colectivamente de deseo y admiración. Eric aprovechó un momento de relativa quietud para comentar.

--Es lo mejor que he visto en mi vida.

--Y confiemos en que sea la última de estas actuaciones suyas aquí --refunfuñó Trebor.

--Pero si has dicho que no hacían más que fingir --protestó Eric, suponiendo que el comentario de Trebor significaba que las expectativas de vida de las dos chicas acababan de acortarse a unas horas como mucho.

--Y están fingiendo. Hablaba de estas chicas blancas exhibiendo sus dones a los Skraelings.

La conversación dejó a Eric aún más inseguro sobre las intenciones de Trebor. En el pasado su camarada había sido absolutamente implacable en el exterminio de los machos blancos traidores a su raza, pero se había mostrado compasivo hacia las mujeres blancas extraviadas a menos que su traición fuera excepcionalmente flagrante. A las mujeres descarriadas había que capturarlas, llevarlas a Kinsland, reeducarlas y embarazarlas. De hecho, tal era en estos momentos el procedimiento estándar del KD.

Sobre el escenario el repertorio de las chicas había cambiado, para delicia de los vulgares espectadores, desde la sutil y sugerente seducción hasta una cruda obscenidad. Heather había abandonado hasta la última pizca de modestia, la última pretensión de sus inhibiciones. Cabalgando la pasión sellaba su propia depravación, incitando a la rubia mujer fatal a abusar de su contorsionado cuerpo, provocándola con embestidas de pelvis y coquetos remeneos de su perfecto trasero.

Candy exploraba cada pulgada de los prisioneros encantos de la morena con manos ahora desprovistas de cualquier ternura. Estaba más cerca de la violación que del amor. Sus ansiosas manos violaban los anteriormente recatados encantos de la chica tomándose las libertades más indecentemente intrusivas. Enseguida el exquisito cuerpo de la morena se retorcía en un aparente delirio, puntuado con gemidos de éxtasis, y concluyendo con los involuntarios espasmos de un intenso orgasmo.

El espectáculo se había terminado. Las chicas se separaron y saludaron al público con la mano, en respuesta al atronador aplauso. La gente arrojaba una cascada de billetes arrugados sobre el escenario.

Mientras las chicas recogían el dinero y sus ropas, un hombre bajo de mediana edad, de pelo rizado y estropajoso, saltó al escenario.

--Ése es Cohen --dijo Trebor. El amenazante tono de su voz era casi palpable.

Con un micrófono de mano, Cohen exhortó al público a que dedicaran otro aplauso a las chicas. Por fin, él y ellas salieron del escenario, hacia lo que parecía ser un camerino. Las luces recuperaron su luminosidad y los gorilones porteros comenzaron a apresurar a los clientes a que fueran saliendo.

....

(Esperando a Sid)

Eric y Trebor se mezclaron con la muchedumbre y luego deambularon indiferentemente hacia su coche. Hacía algo menos de dos horas que habían entrado y maniobrado el inocuo sedán de 4 puertas y color oscuro que usaban hasta un hueco al fondo del aparcamiento del "Porno Palace" de Sid. Habían elegido un sitio que les permitiera tener una buena vista tanto de la entrada principal del edificio como de la lateral.

Como siempre que los KD operaban en territorio del Sistema, conducían un coche robado y llevaban en el maletero un surtido de placas de matrícula afanadas. Desde que comenzaron a instalarse sistemas de identificación informáticos en casi todos los vehículos policiales, ningún miembro de la resistencia se atrevía a pasar ni siquiera por un control rutinario de las autoridades. Robaban vehículos del tipo que menos llamara la atención, se aseguraban de que los faros, las luces traseras, las de freno y los intermitentes funcionaran bien, y respetaban todas las señales de tráfico.

En las raras ocasiones en que a pesar de todo a un soldado de los KD le hacían señales de que que parara, fuera con sirenas, luces o por megáfono, la única opción era combatir. El procedimiento estándar era parar de inmediato, saltar fuera con el rifle de asalto, y neutralizar totalmente al enemigo, para a continuación o bien cambiar las matrículas, o bien abandonar el vehículo. No tenía ningún sentido intentar correr más que las radios o los helicópteros.

En los asientos traseros, debajo de una manta, había dos mochilas con raciones de emergencia, agua y botiquines de primera ayuda, por si acaso era necesario abandonar el vehículo. También ocultos bajo la manta había dos rifles de calibre 308 y chalecos antibalas. Los chalecos tenían bolsillos a medida para cargadores de munición extra, tanto para los rifles como para las pistolas de 9mm que los incursionadores del KD ocultaban en el cuerpo.

Trebor desbloqueó la puerta del conductor mientras Eric usaba su propia llave para entrar por el lado del copiloto. Todos los miembros de una misión debían llevar siempre llaves de todos los vehículos, por si acaso debían separarse, o por si moría el conductor. Como siempre, la luz interior estaba desconectada para permitir entrar y salir por la noche sin ser vistos. Tras ponerse los chalecos bajo la vestimenta exterior se relajaron, afectando ése curioso aire de aparente despreocupación tan común entre los combatientes veteranos, pero sus ojos vigilantes seguían siempre alerta por aparecía la policía, por si surgía cualquier cosa inusual, y especialmente por si Sid Cohen salía de su hortera club nocturno. Eric, a pesar de su juvenil apariencia, había participado en numerosas incursiones durante los últimos seis años. El aspecto de su compañero era igualmente engañoso. Vestido en anchos pantalones grises y un jersey azul, fácilmente podía pasar por un doctor o por un profesor de instituto. En realidad era uno de los más temidos y respetados defensores del KD de toda Kinsland. Experto en varias de las más útiles disciplinas y artes marciales, y absolutamente implacable con sus enemigos, sus hazañas eran legendarias.

Eric aún seguía intrigado sobre las intenciones de Trebor para Candy y Heather. Mientras pasaban el rato esperando a Cohen, que sin duda estaría contando las ganancias de la noche, abordó el tema de forma tangencial.

--Si tenemos que impedir que esas chicas vuelvan a actuar, ¿como vamos a conseguir su dirección? --preguntó.

--Mr. Cohen nos la dirá.

Cuando el tema era el rey del porno, el ominoso tono en la voz de Trebor no disminuía ni un ápice. Unos cuantos años antes, Eric se habría estremecido pensando en lo que le aguardaba a Sid Cohen en las próximas horas, pero a estas alturas estaba acostumbrado a cuál era el destino de sus enemigos.

--¿Y cuanto tengamos la dirección de las chicas? --insistió Eric.

--Entonces no aseguraremos de que no exhiban nunca más sus encantos a los Skraelings.

--Vale, ¿cómo, maldita sea? --Eric sabía que Trebor se estaba haciendo el lerdo a propósito, era su manera de tomar el pelo al camarada más joven. La pregunta era, ¿iban a capturar a las chicas, o a ejecutarlas?

Trebor fingió ponderar la cuestión durante interminables momentos, luego opinó:

--Tengo que reconocer que esas dos podrían hacerme algunos bebés muy guapos.

--¡Fantástico! --se entusiasmó Eric--. Ya era hora de que cumplieras con tus deberes reproductivos.

Eric no tenía ningún interés en la pareja para sí mismo, porque tenía el corazón puesto en una chica de instituto que Trebor había acordado ayudarle a capturar para él. Los informantes del KD la habían seleccionado como posible candidata. Era una chica bonita, desgraciadamente convertida en una bruja por el veneno universalista. Sus profesores, padres, los medios y todas las influencias de su vida le habían enseñado que estaba muy bien, que era incluso preferible para la chicas blancas salir y emparejarse con los Skraelings. Debía ser salvada de su propia locura antes de que fuera demasiado tarde.

....

(La presa hace aparición)

Hacia las dos y cuarto, 15 minutos más tarde de la hora de cierre prescrita por las leyes de Colorado para los establecimientos que sirven bebidas alcohólicas, el aparcamiento había quedado vacío, excepto el coche de los comandos del KD y una ostentosa limusina aparcada justo delante de la entrada lateral del Palace. Casi enseguida la puerta se abrió y emergió una mole de hombre, un bruto de origen racial indefinido, seguido de Sidney y, para sorpresa de los incursioneadores, de Candy y Heather. El enorme hombre, a quien Eric enseguida apodó «el monstruo», era aparentemente el chófer y guardaespaldas. Abrió deferentemente las puertas traseras a los otros tres, y luego ocupó su sitio en el asiento del conductor.

Para los hombres del KD Sidney tenía un aspecto ridículo, como un vanidoso pavo real, con pantalones ajustados, camisa abierta y abundante y chillona joyería adornando su regordete cuerpo. Las chicas por su parte, a esa distancia, parecían quinceañeras, vestidas en vaqueros de diseño y blusas de seda.

La limusina arrancó hacia Federal Boulevard y se dirigió al sur, pasando junto a sórdidos bares, moteles cutres y todo ese feo miasma de las ciudades americanas de principios del siglo XXI. Los comandos lo siguieron a media manzana de distancia. Mantener a la vista a su presa sin ser detectados tendría su intríngulis, pero dado que sus contactos de la zona de Denver no habían sido capaces de localizar, en la oficina del Registro del condado de Denver, ninguna residencia privada escriturada a nombre de Sidney Cohen, no tenían más remedio que seguirle.

En la 6ª Avenida la limusina giró al oeste, y luego al sur en Wadsworth.

--Ah --murmuró Trebor--, al condado de Jefferson. Los Dioses están con nosotros.

El condado de Jefferson se extendía muchas millas al oeste de Denver, siempre hacia las montañas. El camino de vuelta a casa sería relativamente sencillo.

Eric se figuró, tras el comentario de Trebor, que iba ser una noche larga. A pesar de la meticulosa planificación que Trebor hacía de sus incursiones guerrilleras, también parecía creer en los presagios. Si decía que los Dioses estaban con ellos, entonces es que probablemente lo estaban. O quizá simplemente era que la fortuna favorecía a los osados.

Entretanto, en la limusina, no todo era felicidad. Aunque era el día de paga para las chicas, lo que significaba que les darían su provisión semanal de cocaína y varios cientos de dólares en efectivo, su jornada laboral no había terminado. Aun les quedaba la sesión privada que Sidney les exigía en los días de paga, una vez a la semana.

Sidney tampoco estaba del todo feliz, aunque tenía muchas ganas de someter a sus vicios a las dos chicas blancas. El club no había estado lleno a tope, y los ingresos disminuían. Culpaba a las dos chicas, que para conseguir mejores pagas se resistían y no consentían en repetir en público las actuaciones más viciosas que les exigía en sus sesiones privadas, entre ellas el sexo oral y penetraciones con órganos masculinos simulados. Bueno esta noche -se prometió a sí mismo- iban a pagar por su obstinación, o se acabaron los bonitos polvos blancos. Su deporte favorito era azotar mujeres desnudas mientras estaban atadas e indefensas en posturas totalmente expuestas.

(La mansión de Sid)

El 'monstruo' giró hacia el exclusivo barrio de Green Gables. Para estas fechas, a últimos de abril, las inmaculadas praderas de césped estaban empezando a ponerse verdes, conforme la tardía primavera iba llegando a los altos de la ciudad. Mansiones palaciegas en enormes predios se alzaban a cien yardas una de la otra, separadas por árboles, arbustos y verjas privadas, convirtiendo cada residencia en una especie de feudo aislado. La limusina giró hacia una larga pista de entrada, delimitada por arbustos. Al cuarteto, cada uno ensimismado en sus propios pensamientos, ni tan siquiera se le ocurrió echar una mirada a sus espaldas, donde un discreto sedan atravesaba tranquilamente la entrada. Ni tampoco vieron cómo el coche paraba apartado unas cuantas yardas fuera de la pista, oculto de la vista tras los matorrales.

--Este coche barato da demasiado el cante --fue el primer comentario de Trebor.

--¿Por qué no salgo y hago un reconocimiento a pie? Tú ve a algún sitio y vuelve en quince minutos --sugirió Eric.

Estuvieron de acuerdo. Eric desapareció tras los arbustos y Trebor se dirigió hacia una zona más inocua. Esto le dió tiempo a reflexionar.

Era el saber que la belleza de la mujer aria blanca podría quizá muy pronto desaparecer para siempre de la tierra, lo que le impulsaba a combatir. Y aún así, a pesar de todo lo que había hecho para preservar su imagen, llevaba catorce años sin disfrutar de los favores de una mujer. Sobre Candy y Heather no se hacía ninguna ilusión. Dado lo notablemente hermosas que eran, serían un buen material de cría, pero poco más, al menos hasta después de un largo periodo de reeducación y disciplina.

Las últimas jóvenes blancas que quedaban en territorio del Sistema vivían en un lujo hedonista, ni tan siquiera soñado por un monarca británico de hace dos siglos. Drogas, coches, papeles televisivos, dinero y adulación, todo se volcaba en sus regazos mientras las invenciones del hombre blanco, desde lavadoras a hornos microondas eliminaban la necesidad del trabajo. Las mujeres no renunciarían voluntariamente a tales placeres y lujos, sin importar cuán ansiosamente pudieran suplicárselo los hombres blancos. Este era el motivo de que los secuestros fueran su único recurso. Indudablemente esta pareja estaría incluso más malcriada y sería más egoísta que la mayoría. Tendría que ser severo e inflexible con su reeducación y disciplina, algo que no estaba en su naturaleza con las mujeres. Y aún así, no podía soportar la idea de que esta belleza genética no se propagara. Suspiró profundamente y se dirigió de vuelta a encontrarse con Eric.

Justo antes de la pista de entrada a la casa de Cohen, Eric le hizo señas de que se agachara.

--Sí, los Dioses están con nosotros --dijo entusiasmado--. Es una casa enorme tipo rancho, con un garaje anexo para cuatro coches. El 'monstruo' comenzaba a salir hace cinco minutos, pero ha tenido un fatal accidente --Eric dió unos golpecitos a su cuchillo sonriendo ampliamente, y Trebor se rió apagadamente. Eric continuó--. En el piso de arriba tienen las luces apagadas pero he oído música por las ventanas. Hay un poco de luz, parece que viene del hueco de la escalera del sótano. Ningún perro. Hay un sistema de alarma antirrobo. El patio trasero está rodeado de una verja para privacidad. ¡Vamos a hacerlo!

(Dentro)

Momentos después los dos silenciosos avatares de la venganza reptaban silenciosamente alrededor del exterior del enorme garaje. Trebor acarreaba un kit de acampada lleno de herramientas y medidores. Ambos iban armados con pistolas de 9mm y cuchillos afilados como navajas de afeitar.

Eric observó a través de las ventanas y alrededor del perímetro del patio mientras Trebor hacía su magia con el sistema de alarma. Había sido un antiguo instructor de electrónica en la universidad de Red Rocks, así que para el más veterano de ambos comandos el saltarse alarmas no era problema, solo requería tiempo y paciencia.

Veinte minutos más tarde, la pareja de arios estaba dentro de la casa, de pie en la cocina más grande que Eric hubiera visto aparte de en un centro comercial. La música, si es que uno podía llamar música a ese ruido primitivo, no estaba tan alta como le había parecido antes, pero seguía siendo suficiente para enmascarar cualquier ligero sonido que produjeran al moverse.

Como Eric había conjeturado, la poca luz que se veía venía de las escaleras de bajada al sótano. Fueron descendiendo pulgada a pulgada. Abajo, una puerta parcialmente abierta revelaba una opulencia decadente que sobrepasaba cualquier cosa que hubieran imaginado. Excepto un rincón donde había una zona abierta de duchas y bañeras comunales, todo el suelo de la gran habitación estaba cubierta por una alfombra blanca como la nieve, de espesísimo peluche. Espejos hasta el suelo intercalados con cuadros demasiado obscenos para poder llamarlos arte decoraban los muros, marrones donde no estaban cubiertos. El mueble central era una cama que debía haber sido fabricada a medida para sus orgías. Debía tener unos tres por tres metros cuadrados, con videocámaras montadas en sus postes en cada esquina. Ganchos de sujeción estratégicamente colocados por encima y alrededor, un estante sobre el cabecero lleno de látigos y juguetes sexuales, y en el techo sobre la cama, otro espejo más.

Los comandos del KD no sabían por supuesto nada de la promesa que Sid se había hecho de humillar a las chicas con lo último en sumisión. Ni sabían lo desesperadamente enganchadas que ellas estaban a su golosina nasal. Evidentemente, su adicción había sido suficiente para decidirlas a cooperar, pues ambas estaban desnudas, una de ellas atada a las sujeciones, la otra en acción. Y convirtiendo el espectáculo, de pervertido en ridículo, estaba a la vista el depravado Sidney, también desnudo, excepto por sus collares, brazaletes y anillos de oro, y con el barrigón colgándole encima de las piernillas. Él orquestaba la acción con un azote de varios lazos cortos.

Las chicas estaban demasiado colocadas como para darse cuenta de que Trebor y Eric se acercaban a la escena. Y Sidney, de espaldas a la puerta, demasiado absorto. El primer indicio que el propietario del Porn Palace tuvo del inminente desastre fue repentino y total. Con un patadón a toda velocidad al riñón derecho, Trebor propulsó al grotesco y degenerado mirón contra la cama, donde aterrizó atravesado sobre la espalda de Candy. Durante un momento hubo una atónito silencio, excepto por la música, junto con un angustiado gemido de Sidney.

Heather fue la primera en enfocar la vista sobre los intrusos del KD, dando un grito de pánico que rápidamente sofocó al ver que Eric le apuntaba con su 9mm.

--Nadie hace el menor sonido a menos que se le pregunte algo ¿entendido? --la voz de Eric no dejaba la menor duda en la mente de nadie de que era aconsejable obedecer.

Las chicas asintieron con la cabeza, pero el gimoteante Sidney no pareció haberse enterado de la orden. Trebor se subió a la cama y le dió al mal bicho un culatazo con la pistola en la nariz. Siguió un alarido de angustia y todo tipo de garantías de que la orden había sido totalmente comprendida.

Trebor agarró la cadena de oro que le rodeaba el cuello de un puñado y lo arrastró a tirones de la cama, sujetándole de pie a un brazo de distancia.

--Vale, lo primero es lo primero --comenzó--. Tú --posó la mirada en Candy--, desátala --gesticuló con la pistola hacia Heather--. Y tú --cada vez que hablaba recalcaba la palabra 'tú'-- ¿cómo apagamos esa condenado estrépito que llamáis música? --tironeó de las cadenas. El tambaleante Sidney señaló a un panel de control en la pared más cercana. Heather estaba ya liberada, y Trebor le apuntó con la pistola--. Apaga ese ruido.

Aterrada a pesar de lo colocada que iba, Heather se apresuró a obedecer. El silencio resultante magnificó el amenazante efecto de la voz de Trebor.

--Ahora vosotras dos sentaos aquí --movió la mano hacia el borde más cercano de la cama. Ambas obedecieron a toda prisa sin hacer el menor esfuerzo por cubrir su desnudez, ya fuera a causa del shock o por los efectos de la cocaína.

--Muy bien pues, Mr. Cohen, ¿donde está el dinero que has traído a casa? --Cohen comenzó a negar que hubiera traído ningún dinero a casa, pero le interrumpió un rodillazo que Trebor le asestó en la desnuda entrepierna, casi aplastándole los testículos. La repugnante criatura cayó al suelo yaciendo durante largos momentos, agarrándose las ingles mientras lloriqueaba.

--Se me agota la paciencia, Sidney --advirtió Trebor.

--Ahí dentro --jadeó el grasiento degenerado, apuntando a una puerta en el extremo opuesto del salón de juegos.

Sin decir palabra, Eric se acercó a zancadas a la puerta y desapareció de la vista. Un momento después volvió con un maletín que abrió encima de la cama. Dentro había unos dos o tres mil dólares en billetes, junto con algunos documentos.

--Sidney, Sidney, Sidney --canturreó Trebor--, estoy decepcionado contigo. Quería decir todo el dinero que has traído a casa.

--Éso es todo --jadeó Cohen en un último esfuerzo por conservar su mal ganada riqueza.

--Vale, si es a ésto a lo que quieres jugar --advirtió el implacable comando.

Varios dedos rotos, mucho dolor, y dos minutos, fueron suficiente incentivo para una cooperación total. Sidney reveló la ubicación de una caja fuerte oculta en el muro, en la misma habitación de la que Eric había recuperado el maletín. Y por supuesto, la combinación. Bajo el ojo vigilante de Trebor y de su pistola, los tres cautivos permanecieron absolutamente silenciosos mientras Eric iba a comprobar la veracidad de la confesión de Sidney. Minutos más tarde volvía diciendo:

--Síp, un auténtico botín.

Sin más preámbulos, Trebor enfundó la pistola, sacó el cuchillo y en un rápido movimiento le cortó a Cohen la garganta de oreja a oreja. La sangre brotó a borbotones de su seccionada vena yugular, salpicando en horrible abundancia por encima de las piernas y torsos desnudos de las atónitas chicas. Por acto reflejo se apartaron de un salto de su posiciones de sentadas, entrándoles arcadas a la vista de la sangre, una nueva experiencia para sus civilizados ojos.

Sin volver a echar ni una mirada al cuerpo aún estremecido de Sidney, los comandos del KD procedieron metódicamente con su trabajo cada uno haciendo lo suyo con un mínimo de diálogo. Eric sacó la funda de una almohada, volcó en ella el dinero el maletín y se fué a la otra habitación a llenarla con el contenido de la caja fuerte.

(Candy y Heather)

Trebor se volvió a la chicas.

--Id a lavaros toda esa sangre --señaló la ducha comunal.

Como sabe todo aquel que haya experimentado alguna situación de amenaza a su vida, la acción disminuye el miedo. Paralizadas por lo que habían visto, Candy y Heather recuperaron su coordinación mientras se dedicaban a la familiar rutina de ducharse.

Bajo el sonido del agua corriente, Candy susurró:

--¿Crees que van a matarnos?

--No, ¿por qué demonios iba a mandarnos duchar, solo para matarnos? --fue la lógica respuesta de Heather.

--¿A lo mejor quieren violarnos?

--Podría ser, éso es lo que menos me preocupa. Tampoco es como si fuéramos vírgenes o algo.

--A veces los violadores torturan y matan a las mujeres.

--¿Quieres callarte con tanto matar?, ¡me estas asustando! --la regañó Heather.

--Bueno, ¿pues qué sugieres tú que hagamos?

Con el pragmatismo de una experimentada mujer de mundo, Heather declaró:

--Lo que sugiero que nos los follemos hasta volverlos majaras, o lo que quieran hacer, como quieran, todo el rato que quieran, hasta que veamos alguna ocasión de escaparnos.

Una vez puestas de acuerdo en la estrategia, y acabadas de ducharse, ambas mujeres se aproximaron a Trebor, intentando ser tan sexys y seductoras como pueden serlo dos mujeres desnudas.

Sin embargo, si pensaban que sus encantos les permitirían controlar la situación, sus esperanzas se desvanecieron inesperadamente al serles bruscamente ordenado que se vistieran. Las desconcertadas mujeres se intercambiaron miradas de perplejidad mientras forcejeaban para meterse en sus ropas. Así que por fin parecía haber un hombre al que no podían manipular con ofrecimientos sexuales.

Eric volvió con una almohada llena de billetes.

--¿Crees que deberíamos echar una mirada por la casa a ver si hay algo de valor?

Trebor se miró el reloj, luego musitó en voz alta:

--Amanece en hora y media. Calcula algo más de una hora para la vuelta; qué demonios, date una vuelta de diez minutos. Yo les tengo el ojo echado a estas dos.

Eric subió dando saltos por los escalones, mientras las chicas exhalaban un suspiro de alivio. Al parecer no las iban a matar, después de todo.

Hasta ahora ninguno de los hombres había hablado a las chicas aparte de breves órdenes, una de las cuales había sido que guardaran silencio. Así que ninguna se atrevía a iniciar una conversación con su implacable captor. Permanecieron sentadas en la cama silenciosamente, confiando que el callado hombre diría algo que les revelara su destino, y al mismo tiempo aterradas de lo que sus palabras pudieran hacerles saber. Los al parecer interminables minutos de terrible suspense se arrastraron en un silencio absoluto, hasta que por fin Candy no pudo soportarlo más.

--¿Puedo preguntar una cosa? --aventuró tímidamente.

--Podría preguntar una cosa --corrigió Trebor su gramática. [*1]

--¿Podría? --repitió Candy, sintiéndose un poco como una escolar reprendida.

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· [*1] [NdT: --«Can/May I ask something?» Can=¿Puedo? May=¿Me da permiso?
Matiz intraducible a español.]
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--Vale, pero primero pasadme una de las sábanas de esa cama.

Mientras candy y Heather sacaban una sábana extragrande de la enorme cama, Trebor reflexionó que a veces una mujer tiene tan buen aspecto vestida como desvestida. Estas dos tenían una pinta igual de buena de una u otra forma.

Candy le dió la sábana y se sentó en una silla al otro lado de la cama. Trebor sacó el cuchillo de su vaina y comenzó cortar la sábana en tiras.

--¿Para qué es éso? --preguntó Candy.

--Para ataros.

--¿Supongo que eso significa que no nos vais a dejar marchar?

--Éso es.

--¿Váis a ir a algún sitio?

--Sí.

--No nos vais a matar, ¿verdad?

--No

Las breves respuestas de Trebor no aportaban demasiada seguridad. Candy intentó una nuevo método de acercamiento.

--¿Vais a hacer el amor con nosotras?

--No se puede hacer el amor a menos que uno esté enamorado --fue toda la réplica de Trebor.

Mientras Candy y Heather iban digiriendo ésto en sus cabezas, volvió Eric.

--No gran cosa que podamos usar, pero en el dormitorio tenía un revolver calibre 45 y cuatro cajas de munición.

--De acuerdo entonces --dijo Trebor--. Esto es lo que vamos a hacer. Yo conduciré, una chica se sienta delante conmigo, la otra detrás contigo. Con estas tiras atamos a las chicas una a la otra para que ninguna pueda saltar fuera si pillamos un semáforo en rojo --Trebor se dirigió a las chicas--. Habéis visto lo que le ha ocurrido a Sid. ¿Puedo dar por supuesto que no vais a hacer nada estúpido para que os pase lo mismo?

Estremeciéndose, ambas chicas prometieron cooperar.

Eric hizo que Heather acarreara la almohada llena de dinero y le agarró la fina muñeca con una mano mientras salían de casa. Trebor agarró de manera similar a la rubia. Recolocaron los trastos del asiento trasero, ataron una mujer a la otra y emprendieron el camino a casa.
(Camino a casa)

El cielo comenzaba apenas a clarear a sus espaldas cuando llegaron a la autopista de la 6ª Avenida, y giraron hacia el oeste.

Tras un abrupto desaire por intentar una nueva conversación, Candy y Heather permanecían silenciosas, ensimismadas en una temerosa contemplación de su futuro. Se les estaba pasando el efecto de la cocaína, y como de costumbre el resultado era una intensa paranoia.

En Golden alcanzaron la intersección con la Interestatal 70, se metieron por ella y comenzaron a ascender hacia las estribaciones [de las Rocosas]. De repente a Heather se le encendió la bombilla.

--¡Kinsland! --dijo jadeando en voz alta--. ¡Vosotros dos sois del KD!

El KD era tan conocido fuera como dentro de Kinsland, pero por supuesto [en el exterior] los medios de comunicación del sistema los demonizaban incesantemente. Fuera de Kinsland, todos los niños de América eran adoctrinados, desde su más tierna infancia, con espantosos cuentos sobre los secuestros, torturas, violaciones y asesinatos en masa que se cometían en Kinsland, y que por todas partes cometían los comandos del KD. Los KD eran los hombres del saco con los que las madres amenazaban a los niños desobedientes. Naturalmente, Candy y Heather se creían hasta la ultima palabra de propaganda del Sistema, así que ahora se sentían más aterrorizadas aún.

A unas veinte millas al oeste de Golden Trebor aminoró la marcha hasta un paso renqueante, y luego bajó con cuidado por una rampa de salida, regateando por entre los enormes socavones de lo que quedaba de superficie asfaltada.

El Sistema mantenía abiertas las principales interestatales que atravesaban Kinsland de Este a Oeste, aunque las cuadrillas de mantenimiento tenían que ir acompañadas de soldados armados y con vigilancia aérea.

Las rampas de entrada y salida hacía unos diez años que habían desistido de repararlas. Y las carreteras estatales y comarcales también estaban totalmente abandonadas. En la parte inferior de la rampa, Trebor giró al norte, aún conduciendo a unas diez o quince millas por hora, según estuviera la calzada.

Hacia las seis hasta las chicas estaban cansadas y éso que no llevaban despiertas más que desde el mediodía anterior. Trebor y Eric, que llevaban despiertos y en tensión veinticuatro horas seguidas, estaban que se dormían de pie.

--Tengo que ir al baño --se quejó Candy.

--Yo también --se apuntó Heather.

--Solo faltan unos pocos minutos más --les aseguraron.


(La cabaña)

Efectivamente, unos minutos después Trebor detuvo el coche, y bajó a mover unas malezas mañosamente dispuestas para ocultar unas rodadas de coche que salían de la carretera, giraban y se perdían de vista por entre el espeso bosque de pinos Ponderosa. Avanzaron saliendo de la carretera, pararon a recolocar de nuevo las malezas y cuidadosamente se pusieron en camino a través del espeso bosque. Al cabo de media milla apareció a la vista una cabaña de troncos, tan apretadamente acurrucada entre los enormes pinos que era invisible desde el aire, excepto quizá desde un helicóptero cuyo piloto supiera exactamente donde mirar.

--Bueno, ya podéis desataros, la letrina está ahí fuera, detrás de la cabaña. Y no se os ocurra escaparos. En veinte millas a la redonda no hay más que bosque, y osos, pumas y serpientes. Y en diez minutos os habríais perdido.

--¿Una letrina? --preguntó Heather dubitativa.

--Claro, dijiste que querías ir al baño.

--¡Oh! --comprendió de pronto la chica de ciudad del siglo 21--. Venga, Candy, tengo que ir.

Trebor y Eric sacaron algunas provisiones y mantas extra del maletero del coche y caminaron pesadamente hasta la puerta delantera de la cabaña, con sus rifles siempre listos en bandolera del hombro izquierdo. Dentro de la cabaña, que era la primera estación de una ruta por la que entraban y salían gente y provisiones de Kinsland, había una pila de catres plegables que bastaban como camas, un fogón de leña para cocinar y calentarse, y un surtido de diversos ropajes y otros artículos esenciales.

Eric miró por la ventana trasera para asegurarse de que las chicas no habían decidido escaparse. Candy estaba esperando fuera, a la puerta de la letrina de un solo ocupante. Trebor cogió un cubo y salió a por agua a un manantial cercano, mientras que Eric salió un momento a cortar algo de leña para hacer lumbre. Así que cuando unos minutos después las chicas abrieron indecisas la puerta trasera de la cabaña, la encontraron vacía.

--Bueno, ésto sí ha sido algo nuevo para mí, ¿y para tí? --dijo Candy refiriéndose a la letrina.

--Sí, para mí también. ¿Has visto cuantas telarañas? ¡Pensaba que me iban a picar en el culo!

Eric entró acarreando una brazada de leña. La volcó en la leñera anexa al horno y les dijo:

--Podríais hacer fuego y cocinar algo para desayunar, ¿por favor? Las provisiones están aquí --señaló una caja en la mesa de la cocina.

--Eehh, bueno, eehh, vale --tartamudeó Heather, sin ganas de admitir que no tenía ni la más ligera idea de por donde comenzar..

Entre las dos averiguaron cómo se quitaban las pesadas placas de metal que cubrían la cámara del fogón de leña.

--Supongo que la leña la metemos ahí dentro --susurró Candy.

Pero después de meterla, descubrieron no había manera de que las cerillas prendieran la leña.

Trebor entró con un cubo de agua fresca y observó divertido lo ineptas que eran.

--Venid aquí --les hizo señas y las llevó afuera--. Esto son agujas de pino, se ponen al fondo del horno, luego una capa de piñas, y luego encima de todo, la leña. Luego le dais fuego a las agujas. Y aseguraros de que la válvula de la chimenea esté abierta.

Entre las dos, las chicas de ciudad consiguieron llevar a cabo la tarea, sintiendo una desacostumbrada sensación de logro al escuchar el chisporroteo de las llamas.

--Y ahora a por la comida --dijo Heather volviendo a la realidad.

En la caja había huevos, leche en polvo, azúcar, sal, harina integral de trigo, frutas secas y algunos productos más de primera necesidad.

--Supongo que lo mejor sería preguntarles qué quieren, ¿hum? --preguntó Candy.

--Sí, supongo que sí, y probablemente cómo se cocina. Seguramente piensan que somos bastante estúpidas:

Fuera, Trebor y Eric estaban sujetando un hule de camuflaje por encima del coche. Candy se aventuró a hablar la primera.

--Eh, chicos, probablemente pensaréis que somos bastante tontas. Queríamos preguntaros qué queréis de desayuno, pero la verdad es que no sabemos cómo se cocina nada de nada.

--Pero podemos aprender --aventuró Heather, ansiosa de complacer, teniendo en cuenta el peligro en que estaban. Ambas chicas se imaginaban que sus vidas dependían de complacer a los comandos, y estaban dispuestas a hacer todo lo posible) por ser complacientes y acomodaticias.

--Ellas son tuyas [Ellas son asunto tuyo] --dijo Eric, y siguió atando la parte inferior del hule.

«Ellas son tuyas»: tres palabras que tanto para Candy como Heather implicaban muchísimo. Por su mente pasaron imágenes de harenes, de esclavas sexuales. O peor aún, de esclavas sin sexo. Como a todos los drogatas, lo que más pánico les daba era no poder encontrar un suministrador de cocaína. En cualquier caso, estaba claro que a quien tenían que complacer era a Trebor, el hombre mayor.

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· [NdT: «they belong to you»= «ellas son asunto tuyo», «son cosa tuya», «de tu responsabilidad», etc., pero el contexto requiere que se entienda literalmente: «te pertenecen, son tuyas».]

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--Bueno, Cocina Básica 101, supongo --refunfuñó Trebor, dirigiéndose a la cabaña, con sus cautivas en fila tras él.

Pronto el aroma de tortitas, huevos fritos y café recién hecho, realzado por aroma de la leña de pino ardiendo, llenaba la cabaña.


(La cierva y el cervatillo)

De repente Trebor se puso a hacer señas a sus neófitas cocineras.

--Mirad éso --dijo señalando afuera por la ventana.

A menos de veinte yardas de la puerta trasera estaban forrajeando una cierva y su cervatillo. Las chicas los observaron fijamente, obviamente encandiladas por algo que nunca antes habían visto.

--¿Cuánto tiempo tiene el bebé? --preguntó Candy.

--Oh, probablemente un par de meses --el cervatillo imitaba a su madre, y no comía más de unos pocos segundos antes de volver a vigilar la zona en busca de potenciales enemigos.

--¿Váis a cazarlos?, ¿o no os gusta la carne de ciervo?

--No cazamos nunca a las hembras, sobre todo si tienen pequeños, a menos que nos estemos muriendo de hambre. Las hembras de todas las especies son su mayor tesoro --replicó Trebor.

--Oh --dijo Heather, archivando la repuesta aparte en su computadora mental para digerirla más tarde.

--¿Éso vale también para las mujeres? --preguntó Candy ansiosa por confirmación de que el asesino de Sid Cohen no planeaba el mismo destino para ellas.

--Las buenas mujeres son tesoros, también --fue todo lo que dijo, enfatizando el 'buenas'.

Éso era un poco ambiguo, pero Candy decidió que fuera lo fuera que significara 'buenas', éso es lo que ella le iba a convencer a Trebor de que era.

Tampoco Heather se perdió el sutil significado del diálogo. Ni tampoco se olvidaba de que todas las mujeres están en competición con las demás. Tendría que ser por lo menos tan 'buena' como Candy.


(Propiedad de Trebor)

Ambas chicas estaban sorprendidas de lo bueno que estaba el desayuno, a pesar de la vajilla descascarillada, las tazas de hojalata y la llamémosla cubertería multiuso. Cuando acabaron de comer, Trebor mandó a Candy que ayudara a Eric a preparar los catres, aconsejando que todos necesitaban una siesta. Luego hizo que Heather cargara los platos sucios en una olla grande.

--Ven conmigo, te voy a enseñar el manantial --encabezó la marcha unas veinte yardas cuesta arriba por detrás de la cabaña.

Mientras Heather aclaraba concienzudamente la vajillería en el agua fría y clara, se aventuró a preguntar.

--¿Qué quería decir tu amigo cuando dijo «Ellas son tuyas»?

--«Ser de alguien» significa «ser de alguien». ¿Qué problema tienes con éso? --contestó, con un atisbo de hostilidad.

--Eeehh..., bueno, sólo que... suena un poco raro éso de poseer gente --Heather tenía sumo cuidado con sus palabras, pues no quería llevarle la contraria a su captor.

Trebor se lo explicó con cierto detalle:

--Sid Cohen te poseía, en cuerpo, alma y mente. Consolidó su posesión haciéndote adicta a la cocaína. Yo he matado a tu propietario y te he capturado, así que ahora tienes un nuevo propietario. Así es como se ha hecho durante millones de años. Considérate afortunada de que la mayoría de los arios tratan a sus mujeres con dignidad y respeto, si bien cuando se han ganado ese respeto. Si no, las disciplinan.

Heather se dió cuenta de que las palabra de Trebor tenían algo de verdad. No había pensado en ello como en «ser propiedad», pero Sidney ciertamente había controlado su vida. Aunque el sexo era para ella nada más que una forma de manipular a la gente, o de aprovecharse, o de disfrutar de un placer puramente físico, se daba cuenta de que Sid la había estado usando a ella más de lo que ella lo había usado a él. Incluso en estos momentos la preocupaba más la idea de poder verse privada de esos tentadores subidones de cocaína, que el abrupto secuestro que acababa de experimentar.

Mientras tanto, en la cabaña, Candy también andaba intentando sonsacarle algo de información a Eric. Ella también quería alguna aclaración sobre el comentario de Eric «Ellas son cosa tuya», así que le preguntó qué significaba.

--Exactamente lo que he dicho --fue su escueta réplica.

--¿Quieres decir que se supone que somos sus esclavas? --preguntó Candy.

--Supongo que acabaréis siendo sus esposas, aunque os queda mucho que demostrar y aprender. Pero por ahora 'esclavas' es una buena palabra.

--Oh --pensó en ello durante un momento, luego preguntó--. ¿Y cómo es que tú no quieres a una de nosotras? ¿Es que piensas que somos feas o algo?

--No, no sois feas, pero justo ahora tengo a otra chica en la cabeza. Además, hace mucho tiempo que iba siendo hora de que Trebor tuviera algunas compañeras.

--¿Es que todos los hombres de Kinsland tienen más de una esposa?

--La mayoría.

--¿Por qué?

--Para empezar, porque monogamia es sinónimo de castración y suicidio racial. Y para seguir, porque en Kinsland están los únicos hombres blancos buenos que quedan, así que tienen que procrear prolíficamente.

--La monogamia es castración --Candy estaba verdaderamente perpleja.

--El deseo sexual es la madre de la pasión guerrera, y la pasión guerrera es la madre de las naciones. Una raza que desee sobrevivir tiene que encender el deseo sexual de sus machos hasta un punto febril. Y nunca hay que envilecerlo, ni debilitarlo, ni desencaminarlo.

La conversación se interrumpió con la vuelta de Heather y Trebor.

Antes de tumbarse en los catres para una siesta de cuatro horas, Candy susurró a Heather:

--¡Chica, la de cosas que tengo que contarte!

--Yo también --fue la respuesta.

Ambas chicas echaban furtivas miradas a sus captores, especialmente a Trebor, notando su magra figura y su plano vientre. Candy había oído decir a menudo a Heather «Me encantan los hombres con un vientre plano», cuando ridiculizaba a Sid Cohen o a alguno de los tripudos espectadores que contemplaban su actuación en el Palace. Lo que las chicas no sabían, aunque admitiéndose a regañadientes el magnetismo sexual de su nuevo 'propietario', era que a través de todos los eones, las mujeres se han adaptado a sus captores, y habitualmente han acabado enamorándose de ellos. Es simplemente el reflejo de lo que pasa en toda la naturaleza, en la que la gallina, la leona, la yegua, o lo que sea, se someten al macho más fuerte, que se ha ganado en competición el derecho a procrear. Y tampoco sabían, aún, que los celos hacia una hermana esposa eran antinaturales e innecesarios.


(Una lección de wotanismo)

Unas cuantas horas más tarde, estaban otra vez en el coche, preparadas para reanudar el viaje.

Varias veces las chicas habían oído a alguno de los hombres referirse a alguien llamado Wotan, así que mientras viajaban lentamente hacia el noroeste, en un intento de darles coba, Heather preguntó:

--¿Quién es Wotan?

--Wotan es el dios principal de la religión indígena más común entre los hombres blancos --explicó Trebor.

--¿Qué es éso de 'indígena'?

--Significa propio de alguien por naturaleza, en este caso, es una religión que protege a la raza blanca.

--¿Y entonces cómo es que no había oído hablar de ella hasta ahora?

--¡Sí que has oído! Wednesday se llama así por Wotan, Thursday por su hijo Thor, Tuesday por su camarada Tyr, y Friday por la esposa de Wotan, Frigga.

Al ver que Eric se fijaba en un aeroplano del Sistema a gran altitud, Candy preguntó:

--¿No tenéis miedo de que os bombardeen?

--Ahora ya no. Solían bombardearnos a diario, pero ahora saben que si lo hacen nos infiltraremos en su territorio y mataremos a unos cuantos políticos peces gordos o a quien sea, así que estamos empatados. También solían dispararnos misiles, pero estaban dirigidos por calor, y no acertaban más que a nuestros fuegos de señuelo.

--¿Y habéis vivido así durante años?

Heather estaba asombrada, y quería saber porqué.

--Porque es el único sitio que queda para los hombres blancos. El gobierno americano ha exterminado casi por completo a nuestra raza.

--Mis profesores decían que el KD quería esclavizar al mundo entero.

--¿Cómo podríamos hacer éso, si no quedamos mas que unos pocos hombres blancos, y el gobierno tiene todos los aviones, las bombas y los misiles? Cuando lleguemos adonde tenemos los mapas y libros de referencia os enseñaré todas las mentiras que cuentan en América.


(Cerca de Mathewsville)

Durante horas fueron internándose más profundamente en el interior de las boscosas montañas. A menudo los hombres señalaban la fauna salvaje: ciervos, alces, mapaches, un puescoespín, incluso un oso negro. Los agrestes tierras, antaño explotadas, estaban recuperándose decididamente, bajo el cuidado de los amantes de la naturaleza Kinslander.

Un poco antes del crepúsculo, llegaron a lo que alguna vez debió haber sido un encantador pueblecito turístico. Ahora más de la mitad de los edificios estaban bombardeados y en ruinas.

--¿Qué ha ocurrido? --preguntó Candy.

--Un ataque de bombarderos del Sistema --fue la concisa respuesta de Trebor.

En el centro de lo que quedaba del pueblo, Trebor giró saliendo de la derruída autopista, y mientras cruzaban un puente de madera sobre un pequeño arroyo anunció:

--En unos cuantos minutos estamos en Mathewsville.

En el asiento trasero las chicas se miraron la una a la otra, y luego Candy preguntó:

--¿Hay gente en Mathewsville?

--Claro, es una comunidad Kinsland --les informó Trebor.

Hubo apresurados susurros en el asiento trasero, luego Candy preguntó:

--¿Podemos..., quiero decir, podríamos hablar contigo antes de llegar?

--Claro, hablad.

--Quiero decir a solas, ¿por favor? --intervino Heather--. ¡Por favor!

Loa hombres se miraron uno al otro, luego se encogieron de hombros como diciendo ¿por qué no? Trebor paró y aparcó a un lado de la primitiva calzada, y Eric salió del coche diciendo que se iría a dar un pequeño paseo.

--Vamos a estirar las piernas nosotros también --sugirió Trebor.

Salió del coche y se recostó contra la aleta frontal, con los brazos cruzados. Las chicas se le apretaron a ambos costados, todavía decididas a usar sus encantos sexuales para ganarse la complacencia del asesino.

--¿Vamos a quedarnos en Mathewsville? --preguntó Heather.

--Sí, al menos por algún tiempo.

--No irás a contarle a la gente lo que hacíamos en casa de Sid, ¿verdad? Por favor --añadió Candy--. No somos gays, de verdad, lo juro.

Trebor reflexionó cuidadosamente antes de responder:

--Lo primero, se dice marica, no 'gay'. Gay significa feliz. Marica significa un hombre homosexual. En Kinsland ningún marica se atrevería a dejar que se supiera. Y lo segundo, que entre las mujeres arias hay realmente poquísimas lesbianas de verdad. Estábais dándole un espectáculo al hombre que os poseía. No dudo que pudiérais disfrutar del asunto, pero el causante de todo era un hombre. Y por último, que no hay ningún motivo para que nadie de Kinsland sepa de vuestro pasado más que lo que vosotras mismas queráis contar. En Kinsland muchas de nuestras mujeres han sido capturadas en territorio del Sistema, y tienen historias sexuales tan interesantes como las vuestras.

--Gracias --dijeron ambas mujeres.

--¿Y qué pasa con Eric? --preguntó luego Candy.

Trebor les aseguró que su camarada no era ningún cotilla. Pero luego, sintiendo que sus cautivas se estaban poniendo un poco demasiado cómodas, dado lo temprano de su situación, añadió con tono severo:

--Sin embargo, por vuestro propio bien, más os vale tener presente de que soy vuestro propietario, y que si me disgustáis sois mías para castigaros o disponer de vosotras. Si os entran ideas de escapar, flirtear con otros hombres, o poneros insolentes, no necesitáis más que pensar en el destino de Sid Cohen. ¿Lo he dejado claro?

Ambas cautivas se las arreglaron para disimular sus estremecimientos de aprensión, mientras expresaban profusamente su buena voluntad.

Eric volvió e hicieron el último tramo del viaje. En el asiento trasero, Heather susurraba al oído de Candy:

--¿Sabes lo que significa la frase «follar como si te fuera la vida»? [«**** for your life»].

--Ahora sí que lo sé --respondió Candy también en susurros.


(Mathewsville)

Mathewsville nunca llegó a «estar a la vista» en el sentido tradicional de la expresión. Simplemente Trebor paró de pronto el coche, debajo de un enorme pino Ponderosa, y apagó el motor.

Hábilmente oculta en el espeso bosque, Candy descubrió una cabaña. Heather descubrió otra, y luego otra. Según averiguarían, en unas pocos cientos de yardas a la redonda había dos docenas de rústicos hogares, cabañas y antiguas caravanas, y muchas docenas más en unas cuantas millas cuadradas.

Desde todas las direcciones iba acercándose gente. Sus captores parecían ser extremadamente populares, y por todo el claro reverberaban gritos de «Hailsa Kinsmen».

Candy y Heather se quedaron de pie a un lado del coche, vacilantes y sintiendo que llamaban demasiado la atención con unos atuendos tan poco prácticos. Todas las mujeres que veían llevaban jerseys o chaquetas, como protección ante el rápidamente refrescante aire de montaña.. A esta altitud la temperatura caía bruscamente en cuanto el sol desaparecía tras los picos montañosos. A ellas dos ya se les estaba poniendo carne de gallina en los brazos desnudos.

Las mujeres que veían eran inusualmente bonitas, y muchas estaban embarazadas. Y lo más llamativo era el tropel de niños blancos. Fuera de Kinsland nunca habían visto juntos más que a un puñado de niños blancos, a no ser que estuviesen superados muchas veces en número por los chavales de color.

--¿Quién son vuestras amigas? --preguntó alguien.

Trebor hizo un gesto a sus cautivas de que se le acercaran, y las presentó por su nombre.

--Probablemente se quedarán conmigo --informó Trebor a la multitud, y luego añadió:-- Confío en que las hagáis sentirse bienvenidas.

Todos los adultos entendieron exactamente lo que significaban las palabras de Trebor. En primer lugar, puesto que las chicas iban a quedarse con él, que ninguna pertenecía a Eric. Y al decir 'probablemente', quería decir que aún no habían pasado el chequeo médico. La tecnología del siglo 21 había producido kits de pruebas médicas a domicilio para comprobar la existencia de enfermedades incurables, especialmente de las enfermedades venéreas. La comunidad tenía el equipo, y teniendo en cuenta el alto riesgo de infección, a las mujeres capturadas se les hacían los tests de inmediato. Conocer el resultado solo llevaba unos minutos, y en consecuencia el destino de una cautiva se decidía rápidamente. A las incurables se les daba una inyección letal como si fuera una medicina, y se iban silenciosamente a la tumba.

Una mujer alta y atractiva de más o menos la edad de Trebor se acercó a las chicas.

--Si venís conmigo os conseguiremos alguna ropa de abrigo --ofreció.

Ellas miraron a Trebor buscando su aprobación.

--Buena idea, y Greta, ¿podrías luego enseñarles el camino a mi cabaña?

Greta, las chicas y otra media docena de mujeres se alejaron, mientras asaeteaban a Candy y Heather con preguntas sobre el mundo del Sistema, especialmente sobre las modas y la moralidad.

Una de las cabañas era un almacén comunal, principalmente de ropa de vestir, pero también de ropa de cama, herramientas, y enseres domésticos. Enseguida las chicas tenían un práctico ropero, acorde con el del resto de la comunidad.

Entretanto, en el exterior los hombres no dejaban de hacer preguntas a Eric y Trebor. Los señales de unidades militares del Sistema, los nuevos avances en tecnología policial, e información sobre simpatizantes del KD, eran temas de vital interés para los Kinslanders, por no hablar de la emoción que les hacían sentir las inigualables y bromistas descripciones que Trebor hacía de sus correrías.


(En la cabaña de Trebor)

Mientras el incursionador seguía ocupado en alguna otra parte,, Candy y Heather llegaron a la cabaña de Trebor, guiadas por Greta, y cargadas de artículos de primera necesidad.

Greta les mostró un quinqué de queroseno, diciéndoles:

--El queroseno lo usamos con cuidado, porque es difícil de conseguir.

Deseándoles buena suerte, Greta se marchó, dejando que las dos chicas investigaran su nuevo hogar.

La cabaña estaba hecha de troncos y tenía un fogón de leña para cocinar y calentar. Junto a la pared trasera había una anticuada cama doble con cabecero de metal. Un alambre cruzado en un rincón de la despejada estancia hacía las veces de colgador ropero, del que colgaban algunas prendas y toallas. El mobiliario, entre el que había una mecedora, estaba casi todo sin acabar.

--Bueno, bienvenida al infierno --dijo Candy dejando que sus sentimientos fluyeran libremente ahora que estaban solas.

--Sí, ya lo sé, pero más nos vale ponernos en marcha como harían dos buenas esclavitas, porque podría venir en cualquier momento.

--Tienes razón --suspiró Candy.

Colgaron la ropa junto a la de Trebor y comenzaron a colocar sus nuevas pertenencias lo mejor que pudieron, dado el escaso número de estantes y armarios.



--¿Crees que le apetecerá tener sexo esta noche? --especuló Candy.

--Quien sabe, y qué mas da. Esperemos que sí, si sirve para tenerlo contento.

--Maldita sea, ni siquiera hay una ducha o una bañera. ¿Cómo va una a echar un polvo sin poder ducharse luego? --se lamentó Candy.

--Y yo tengo que mear --añadió Heather.

Cogiendo el quinqué salieron a explorar por un sendero trasero de la cabaña, y encontraron un retrete exterior. Al volver Heather señaló la cama, preguntando:

--¿Crees que tendremos que dormir todos juntos en esa cama?

--Supongo, es la única que hay...


(Con Trebor)

Oyeron pisadas, y transformando milagrosamente su hosca actitud en falsa y alegre solicitud, se apresuraron a levantarse para recibir a Trebor en la puerta.

--Hola, estábamos esperándote --saludó Heather.

Se dió cuenta de que sus palabras sonaban fingidas, pero no se le ocurría nada más alegre. La actitud de Trebor era cortés, pero escasamente cordial. Traía en brazos unas cuantas mantas más, y un saco de dormir.

--Hola a vosotras también. Supongo que ésto está lo más alejado que se pueda estar del lujo al que estáis acostumbradas, pero vamos a hacer que sea bastante más habitable. Hasta que construya algunos tabiques, voy a atar unos alambres y colgaremos sábanas o mantas para que tengáis un poco de intimidad cuando haga falta. Y mañana traeré una bañera. Tendremos que llenarla a la vieja usanza, calentando agua en el fogón. Ahora, si hiciérais fuego en el fogón y calentáis una lata de estofado, podríamos comer un bocado de cualquier cosa antes de acostarnos. Mañana os enseñaré donde está la bomba, pero esta noche ya traigo yo el agua. Ese barreño grande --señaló un gran barreño de lavandería, de hierro galvanizado-- es donde pongo el agua para lavar y limpiar. El agua de beber la tengo en un cubo con tapa. Estamos trabajando en un sistema de distribución de agua corriente, así que en el futuro las cosas serán más fáciles.

Cogió un cubo y salió al exterior. Mientras las chicas hacían fuego, cosa que ahora ya sabían hacer, pudieron oír el chirrido de una anticuada bomba de mano.

--Dios todopoderoso --refunfuñó Candy--, es como en la época de los pioneros.

--Maldita sea, Candy, a mí me gusta tan poco como a tí, pero andar quejándose no nos sirve de nada a ninguna.

--Oh, ¿entonces qué eres tú?, ¿la esclavita de Trebor? --Candy escupía las palabras como amargo veneno.

--¡Si hace falta! --la desafió Heather.

Candy reflexionó unos instantes y su hostilidad se desvaneció.

--Está bien, lo siento, supongo que es que todo ésto me está afectando. Ayer mismo teníamos a la vida agarrada por el culo, y ahora mira.

--Ya lo sé, pero tenemos que ayudarnos mutuamente a sobrellevarlo.

Heather era de momento la más fuerte, o la más serena, de la pareja.


Más tarde, mientras cenaban, Trebor les dijo que la enfermera de la comunidad se pasaría mañana a primera hora para hacerles un chequeo médico. Cuando acabaron, y mientras ellas fregaban los platos, instaló una sábana a modo de cortina en un extremo de la cabaña, de forma que todos pudieran darse un baño con esponja en relativa intimidad. Les mandó compartir la cama, que él tenía un saco de dormir y que estaba bien en el suelo. Por compromiso, ellas hicieron unas simbólica protesta aduciendo que era 'su cama'.

--Un ario no trata a sus mujeres peor que a sí mismo --sentenció Trebor

Ésto tuvo un gran efecto en sus mujeres.


En la cama, en medio de la habitación más oscura en que nunca habían estado -y la más silenciosa, también- Heather susurró:

--¿Sabes?, en otras circunstancias, este tipo hasta podría gustarme.

--Pues para ser sincera, a mí también podría --admitió Candy--, pero tenemos que salir de aquí. Yo no puedo vivir así.

--Yo tampoco.

Absortas en sus pensamientos, el menor de los cuales no era sus ansias de cocaína, fueron quedándose dormidas.


Dentro de su saco, Trebor tenía la cabeza ocupadísima. Este asunto de 'tomar compañeras' era un proyecto importante, mayor de lo que se había pensado. Era reacio a consolidar una relación real con las chicas hasta que los exámenes médicos confirmaran que eran 'conservables'. No se hacía ninguna ilusión acerca de la conciliatoria actitud de las chicas. Sus sonrisas eran forzadas, motivadas por el miedo y el propio interés. Y había faena de construcción y agrandamiento de la cabaña, y de reeducación de sus cautivas. Pero se recordó a sí mismo que otros comandos del KD habían pasado por los mismos problemas, así que no era una tarea imposible.

Siempre brutalmente sincero consigo mismo, admitía que tenía sus recompensas. El sexo con estas beldades era algo especial a tomar en cuenta. El filósofo que había en Trebor nunca había dejado de asombrarse de lo que los hombres son capaces de pasar con tal de lograr meterse entre las piernas de una mujer bonita. Y ahora tenía que incluirse a sí mismo.

Oh, bueno, se dijo, la suerte estaba echada, ahora ya era demasiado tarde para cambiar el curso de los acontecimientos. Como siempre, su fatalista aceptación de lo que los Norns decidieran fue el catalizador que le permitió hundirse en un pacífico sueño.







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