lunes, 28 de noviembre de 2011

Julius Evola - Sobre las relaciones entre el judaísmo y la masonería




El problema de las relaciones entre el judaísmo y la masonería es seguramente uno de los más importantes para los que han decidido combatir contra lo que ha podido llamarse, con una expresión eficaz, “la dictadura de los poderes ocultos” de nuestra época. Este problema, por lo demás, no es nuevo: en Alemania, sobre todo, frecuentemente el antisemitismo militante ha suscitado interés. Sin embargo, como suele ocurrir, no siempre se ha llegado a conclusiones sólidas; se ha construido un «mito» (cuya eficacia y justificación práctica no se trata de discutir aquí), pero ahora se trata de llegar a puntos de vista objetivos sobre este tema.
Es preciso, por otra parte, reconocer que las investigaciones de este tipo no son fáciles, no sólo porque afectan a organizaciones más o menos rodeadas de secreto y misterio, sino también y sobre todo, porque afectan, no tanto a estas organizaciones en sí mismas, o a tales sociedades políticas semi-secretas, como a las influencias aún más subterráneas de las que dependen, lo sepan o no, directa o indirectamente. Por ello no se deberá lamentar que desarrollando algunas breves consideraciones sobre este tema, nos mantengamos en un plano inductivo e intentemos alcanzar algo positivo en este orden de ideas antes que en el de los hechos propiamente dichos.
El problema de las relaciones entre la masonería y el judaísmo presenta tres aspectos principales: doctrinal, ético y político.
Empezando por el primero, está bastante extendida la convicción de que la influencia judía ha operado en la masonería, desde sus orígenes históricos, ya que gran parte del ritual y del simbolismo masónico contienen elementos procedentes de la tradición judía, sea bíblica o kabalística. El simbolismo del Templo de Salomón es central en la masonería, hasta el punto de que en algunas logias nórdicas, el Gran Maestre lleva el título de Vicarius Salomonis. Además la estrella de seis puntas, llamada también «sello de Salomón», figura entre los principales emblemas masónicos. La leyenda de Hiram, sobre la que volveremos más adelante, es de origen judío, al igual –y esto es indiscutible- que numerosas “palabras de pase” y diferentes grados masónicos, como por ejemplo Tubalcaïn, Schibboleth, Guiblim, Jachin, Bohaz, etc. En cuanto al personaje al cual se atribuye generalmente un papel decisivo en la organización del aspecto interno de la masonería anglo-sajona, Elías Ashmole, era judío.
Si todo esto es indiscutible, y si se puede añadir numerosos elementos del mismo tipo, sin embargo, algunas reservas se imponen. Es preciso, primeramente, subrayar que junto a estos elementos judíos, existen muchos otros, en el simbolismo masónico, que se refieren a tradiciones no judaicas, herméticas, pitagóricas, rosacrucianas, e incluso algunos secretos de las corporaciones medievales, sobre todo la de los “constructores”.
En segundo lugar, los elementos judaicos, en sí mismos, pertenecen a una especie de esoterismo que, como la Kábala, fue siempre considerada con reservas por la ortodoxia talmúdica, que está en el centro del judaísmo propiamente dicho.
Finalmente, es preciso señalar que si el hecho de haber tomado prestados elementos a la tradición judía es considerada como una acusación, entonces esa misma acusación podría extenderse contra el mismo cristianismo; esta vía es la asumida efectivamente por la vía seguida con coherencia por el antisemitismo racista radical que describe la trayectoria de un boomerang: alimentado originariamente contra los judíos por la Iglesia, la masonería amenaza igualmente con volverse contra esta en razón de lo que ella conserva de judaico. Pero el argumento más decisivo a este respecto, es que en todas partes donde se trata de un esoterismo y de un simbolismo verdaderos, se encuentra un plano virtualmente metafísico, donde convergen, en sus principios fundamentales, todas las tradiciones, donde el aspecto contingente y humano de cada una de ellas no tiene más que un débil peso. El judaísmo, justamente combatido por el frente de las revoluciones nacionales, no tiene nada que ver con este plano: su aspecto “oculto” es de una naturaleza completamente diferente. Es cierto que siempre se puede preguntar por qué la masonería ha privilegiado, precisamente, símbolos judaicos; es cierto que se puede preguntar también si el recurso, incluso inconsciente y formalista, a algunas fórmulas y a ciertos ritos relacionados con una tradición dada no sirve para establecer invisiblemente relaciones con algunas “influencias” inseparables del pueblo portador de la mencionada tradición. Si este último problema es de más importancia de lo que supone buen número de personas, es claro, sin embargo, que su estudio implicaría consideraciones de carácter “técnico” que no podrían tener cabida aquí, en tanto que remiten a nociones ciertamente ajenas a la mayoría de nuestro público. Por lo demás, lo que se podría eventualmente establecer a este respecto, debería encontrar, a título de prueba, una contrapartida en el orden de los hechos, algo que equivale, en el fondo, a definir directamente las relaciones entre judaísmo y masonería en los demás planos, más condiciones y más exteriores.
En lo que respecta al primer punto, no hay pues gran cosa a reprochar a la masonería, bajo pretexto de que posee una componente judaica. Ya hemos demostrado en un precedente artículo que todo lo que es “esoterismo” en la masonería ha sufrido una inversión que ha destruido y pervertido completamente su espíritu original. Lo que comporta sobre todo en la masonería moderna, es su ideología político-social y el pathos que se relaciona con él. Así puede entenderse un segundo aspecto del problema que consiste en ver que el judaísmo y la masonería comparten el mismo plan.
Ya hemos aludido a la leyenda de Hiram. Se trata de un personaje que figura en la Biblia (como Adon­ Hiram), pero sobre todo en el Talmud. En la masonería, es contemplado como el constructor del Templo de Salomón, traidoramente asesinado por sus tres compañeros, que querían arrancarle el secreto del arte de los constructores y que hacen desaparecer su cadáver. Cada masón admitido en la ceremonia del Tercer Grado es considerado como Hirán reencontrado que renace, y que por este renacimiento se eleva a la dignidad de Maestre de la secta. Algunos (Ragon, Reghini) han querido ver aquí una correspondencia con el simbolismo de las iniciaciones clásicas, eleusinas y dionisíacas.
Comparación tendenciosa, y que, de todas formas, no es válida más que en la medida en que estas mismas iniciaciones antiguas sufrieron una influencia asiática, judaica o levantina. El pathos de la víctima predestinada y la espera de su renacimiento conforme a la justicia, son elementos específicamente semíticos, que, por otra parte, impregnan de manera pandémica al «pueblo elegido» a partir de su caída. Esta figura de Hiram, esencial en la masonería, hace obligatoriamente pensar en el personaje llamado, en el Kahal y en un cierto judaísmo sionista internacional, el «Príncipe de la Servidumbre», concebido como el Maestro supremo durante el período que separa aún a Israel de su nuevo “Reino”. Pero, generalmente aún, se puede admitir que leyendas como las de Hiram, ofrecen un gran margen al desarrollo de los puntos de vista a la vez humanitarios y revueltos; y, en este terreno, el encuentro entre judaísmo y masonería, indiscutible, se confunde casi con la identidad. Esto explica que la masonería a menudo haya aparecido a los judíos como un complemento de la ley judía e incluso como el instrumento activo de su esperanza mesiánica, naturalmente y duramente secularizada, democratizada y materializada.
El masón Otto Hieber ha escrito textualmente en sus Leitfa­den durch die Ordenslehre der grossen Landloge von Deutsch­land: «El Maestro nos ha enseñado a amar a cada hombre como un hermano y el judío, es con el mismo derecho que nosotros, hijo de Dios. En tanto haya en nuestro credo la afirmación de los derechos humanos, existirá la cuestión judía, y con la opresión del judío es también nuestro más alto principio el que resultará lesionado». Se encuentra la exacta contrapartida de estas manifestaciones en declaraciones emanadas del judaísmo, por ejemplo esta: «Israel no desea más que la justicia social. La corte, el ejército, la aristocracia hereditaria, le resultan ociosas. La idea de patria es para él la idea de justicia y la idea de justicia es la igualdad social». Israel realiza incansablemente «su misión histórica de redentor de la libertad de los pueblos, de Mesías colectivo de los derechos del hombre» en favor «del régimen igualitario y nivelador (sic) de las repúblicas, naturalmente verdaderas repúblicas y no repúblicas burguesas» (Elie Eberlin, Les Juifs d'aujourd'hui, p. 136, 143, 153). Y cuando se sabe que todo esto corresponde muy exactamente a la ideología y la acción masónicas, palabras como estas no deberían sorprender: «El espíritu de la masonería, es el espíritu del judaísmo en sus concepciones más fundamentales: son sus ideas mismas, su lengua misma y casi su organización» (en Vérité Israélite, cf. de Poncins, p. 243).
En el primer artículo de esta serie, los lectores han podido conocer documentos que muestran de manera irrefutable la convergencia de la idea societaria con la idea y la acción masónicas. Entre los numerosos testimonios judíos correspondientes, he aquí uno de los más significativos: «La Sociedad de Naciones no es tanto una creación de Wilson como una obra magnífica del judaísmo, de la que podemos estar orgullosos. La idea societaria se refiere a la de los grandes poetas de Israel. Isaías, dice que las espadas deberán ceder el lugar a las carretas y que nunca un pueblo deberá combatir a otro. La Sociedad de Naciones nos remite a este viejo conjunto de ideas judías. Su origen se remonta a la visión del mundo de los profetas, compenetrando de amor al mundo entero. También la idea de la fraternización de los pueblos es una herencia típicamente judaica» (cf. Fritsch, p. 202). Ya hemos visto que el congreso internacional masónico que tuvo lugar en 1917 en París indicaba, entre los verdaderos objetivos de la guerra mundial, además la constitución de la Sociedad de Naciones, la destrucción de las formas imperiales y monárquicas existen aún en Europa Central; pero es cierto también que los judíos veían en el hundimiento de estas formas «insoportables» (según la expresión del judío Lud­wig) la desaparición de un obstáculo esencial para la realización de su política (cf., por ejemplo, la revista Der Jude, número de enero de 1919).
No deberíamos extrañarnos por un cierto número de elementos judíos que hayan afluido en las filas de la masonería y lo hayan hecho todo para convertirlo en uno de sus primeros y más poderosos instrumentos de trabajo. La hipótesis extremista, según la cual los judíos habrán creado la masonería en vistas de una dominación oculta del mundo, no puede, en nuestra opinión, ser tomado en serio. Pero es preciso admitir que en la internacional judía de un lado, y en la forma política moderna de la masonería, del otro, se manifiestan influencias estrechamente emparentadas. Sobre esta base, a medida que la masonería se orientaba hacia un humanitarismo subversivo y antijerárquico, el judaísmo debía representar en el seno de la secta un papel quizás más importante que el que los profanos, e incluso también de los masones de alto grado, pueden haber sospechado. En 1848 ya, el barón von Knigge, miembro de las diferentes logias de la masonería alemana que tuvieron, hasta tiempos relativamente recientes, como algunas logias inglesas, un carácter conservador, creyó necesario denunciar el peligro de las infiltraciones judías en la masonería, comprendiendo que los judíos «veían en la masonería un medio para consolidar su movimiento hacia un reino secreto». En 1928, tras un discurso entusiasta sobre la masonería, el rabino M.J. Merrit tuvo ocasión de decir: «No pudo existir lugar de culto masónico más propicio que éste, ya que la masonería es inseparable de la historia del pueblo al cual este templo (un templo judío) pertenece: en verdad, la masonería ha nacido de Israel». Otra declaración muy reveladora (citada por Vaulliaud): «La esperanza que sostiene y fortifica la masonería, es la que aclara y confirma Israel en su vida dolorosa, mostrándole el triunfo seguro en el porvenir. El advenimiento de los tiempos mesiánicos, ¿acaso no es la constatación solemne y proclama definitiva de los principios eternos de la fraternidad y del amor, la asociación de todos los corazones y de todos los esfuerzos, la coronación de esta maravillosa oración de todos los pueblos de los que Jerusalén será el centro y el símbolo triunfante? Como siempre, esta declaración de amor encuentra una respuesta inmediata en la masonería. Apoyándose aparentemente sobre el hecho de que la iglesia judía no tiene dogmas, sino símbolos, al igual que la masonería, el diario masónico Acacia afirmó: «Es por esto que la iglesia israelita es nuestra aliada natural, por esto nos apoya, por esto un buen número de judíos militante en nuestras filas».
Hemos llegado aquí al punto más importante para nuestro problema, que recibe sin embargo distintas respuestas según las ideas que uno se haga de la acción efectiva del judaísmo y de sus finalidades, suponiendo que se pueda verdaderamente hablar de finalidades en el sentido de un plano unitario internacional. Hacer estadísticas para establecer el porcentaje de judíos en el seno de la masonería no es decisivo, pues la táctica judía es suficientemente conocida; como la de todo poder enmascarado, no consiste en imponerse por el número, sino mediante una infiltración oportuna que permite controlar insensiblemente, desde lo alto y desde los bastidores, todos los nudos vitales de una organización dada; por ello una investigación en esta dirección está condenado, por la misma naturaleza de las cosas, a perderse entre las arenas. La convergencia entre la masonería y el judaísmo revela más o menos un dominio de «afinidades electivas»: basta recordar que el judío espontáneamente fomenta y sostiene toda idea liberal, democrática e internacional, simplemente porque ningún pueblo más que el pueblo judío, en razón de su condición, gana al triunfar ideologías de este tipo y a la eliminación de todo orden jerárquico y autoritario, nacional y tradicional. Además, el resentimiento secular del judío contra el catolicismo encaja de maravilla con el odio masónico hacia Roma y con el símbolo de un Templo que lleva un nombre judío, el cual, en último análisis, sirve de punto de encuentro a todas las fuerzas de un frente internacional hostil a la autoridad supranacional católica.
Pero las cosas de presentan de otra forma si se estima que la acción destructora ejercida –sea con circunspección o sea instintivamente- en tantos dominios por numerosos elementos judíos, no expresa las verdaderas finalidades secretas del judaísmo. Si se alude al mito de los famosos Protocolos, esta acción no es más que preparatoria en relación a los fines ulteriores perfectamente conocidos por jefes de la internacional judía, suponiendo que estos jefes existan, fines por así decirlo inmanente al «espíritu» de Israel. Por lo demás, no es necesario referirse a un documento tan controvertido como los Protocolos: numerosas declaraciones positivas pueden despertar sospechas análogas, y nos contentaremos recordando, por ejemplo, palabras poco conocidas que Baruch Levi escribió a Karl Marx, que vale la pena reproducir: «El pueblo judío, en tanto que colectividad, será su propio Mesías. Su dominación sobre el mundo será realizada por la unión de las otras razas humanas, la eliminación de las fronteras y de las monarquías, que son los bastiones del particularismo y por la constitución de una república mundial, en el seno de la cual los judíos gozarán de sus derechos. En esta nueva organización de la humanidad, los hijos de Israel, hoy dispersos por todo el mundo, podrán convertirse por todas partes en el elemento dirigente, sobre todo cuando logren situar a las masas obreras bajo el firme control de algunos de ellos. Los gobiernos de los pueblos forman la república mundial, con la ayuda del proletariado, sin que este reclame esfuerzos, caerán todos en manos de los judíos. La propiedad privada podrá ser sometida entonces a los gobiernos de la raza judía, que administrarán los bienes del Estado. Así será realizada la promesa del Talmud, según la cual los judíos, cuando el tiempo haya llegado, poseerán las llaves de los bienes de todos los pueblos de la tierra» (cf. Revue de Paris, XXXV, 11, p. 574).
Resulta una paradoja tan singular como instructiva: el verdadero judío es tanto más antitradicionalista respecto a otros y al medio en que evoluciona, cuando está profundamente unido a su pueblo y a su tradición. Se trata pues de ver si las tendencias humanitaristas y democráticas del judaísmo no son más que formas de hipocresía, en el sentido donde la libertad con la que sueña el judío en el seno del mundo nivelado y « fraternalista » de los ideales masónico-liberales y otros respondería, no a la intención de los judíos de fundirse y desaparecer en este torbellino supranacional, sino que sería por el contrario la condición necesaria de una acción destinada a la afirmación de Israel y al hundimiento, en beneficio de este pueblo, de las relaciones de subordinación que conoció en el mundo antiliberal y tradicional. El hecho es que por todas partes donde los judíos han tenido las manos libres, han sabido llegar rápidamente a importantes puertos dirigentes en la vida pública, son cesar de mantener contactos, conforme a la solidaridad tenaz y “mutualista” de una secta. ¿Es posible  como diría un matemático, «extrapolar» el alcance de este hecho e interpretar en función del mismo la acción global del judaísmo liberal-demócrata? Tal es, ciertamente, una cuestión grave. Equivale a preguntarse si no hay tras el judaísmo como antitradición -mas o menos ligada a todos los elementos subversivos de la época actual- un judaísmo como tradición, manteniendo con el primero la misma relación que el de un estado mayor con sus tropas. Si fuera así, se podría compartir la convicción de un historiador de la masonería, Schwarz‑Bostunitsch, según el cual «el secreto de la masonería, es el judío». Repetimos que no queremos caer en el mito, sino más bien referirnos a algunas conexiones invisible que, en el dinamismo de las fuerzas más profundas de la historia, pueden ser decisivas para comprender el sentido último de algunas corrientes colectivas, sobre todo cuando estas no están privadas de evocaciones rituales y cuando presentan una apariencia de jerarquía, sin que las energías así organizadas tengan un punto de referencia firme en jefes visibles.
De todas formas, es evidente, desde el punto de vista práctico, que la primera hipótesis lleva a las mismas consecuencias que la otra. Política y socialmente hablando, masonería y judaísmo pertenecen al mismo frente. Y oponerse a él es necesario, se trata de combatir simplemente una utopía humanitaria niveladora, encontrando en si misma su principios y su fin, o bien que se trata así de paralizar uno de los principales instrumentos al servicio de la voluntad de poder oculto de una raza que no es la nuestra, y cuyo triunfo, visible o invisible, no tendría otro significado más que el declive de la más preciosa herencia de la mejor cultura indo-europea.
© Por la traducción al castellano: Ernesto Milà – infokrisis@yahoo.es

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