lunes, 26 de diciembre de 2011

Estonia bajo el Terror Rojo



Por Fernando Díaz Villanueva
El 23 de agosto de 1939 los ministros de Asuntos Exteriores de Alemania y la Unión Soviética firmaron en Moscú un pacto para el reparto de la Europa del Este entre ambas naciones que, en el eufemístico lenguaje diplomático, se denominó "Tratado de No Agresión Germano-Soviético". El acuerdo, sellado entre abrazos y sonrisas una semana antes de que los soldados de la Wehrmacht irrumpiesen en el pasillo de Danzig, condenaba en primera instancia a Polonia, nación que debía desaparecer, y devolvía las fronteras orientales del continente al estado en que se encontraban antes de la I Guerra Mundial. Pero Polonia no era el único plato del festín: las porciones de Bielorrusia y Ucrania que habían quedado dentro de aquélla tras la paz de Versalles, Moldavia –que formaba parte de Rumania– y las jóvenes repúblicas bálticas –que habían accedido a la independencia tras una breve guerra contra el primer Gobierno bolchevique de Lenin– serían anexionadas a la URSS, sin que nada ni nadie pudiese impedirlo.
Mientras el mundo contemplaba absorto el resuelto avance del ejército alemán en Polonia y, sobre todo, en Francia, otra guerra, ignorada pero mucho más despiadada, empezaba al otro lado del río Memel, en los lejanos confines del Báltico oriental. El Ejército Rojo ocupó sin miramientos lo que los protocolos secretos del pacto con los nazis declaraban soviético. A excepción de Finlandia, que luchó y logró sobrevivir, una amplísima franja de terreno que iba de las costas de Estonia a las del Mar Negro fue absorbida por el gigante comunista.
Las autoridades de Estonia, con la esperanza puesta en que una rendición a tiempo ahorrara muerte y destrucción, ordenaron a los ciudadanos deponer las armas y franquear el paso al Ejército Rojo. Pensaban que, de este modo, sería relativamente sencillo llegar a un acuerdo con Stalin para que, al menos, concediese una cierta autonomía. En Moscú, sin embargo, los planes eran otros. Los dirigentes soviéticos sabían varias cosas que el inocente y apaciguador Gobierno de Tallin no había tenido en cuenta.
Estonia había formado parte del Imperio Ruso desde tiempos de Pedro el Grande, motivo suficiente para que, en el imaginario soviético, ese país fuese considerado parte irrenunciable de la recreación imperial a la que aspiraba el zar rojo. Además de eso, que era ya razón de sobra para anexionarse la antigua provincia, el tratado de Tartu, firmado en 1920 y garante de la independencia de la nación báltica, permitió a los estonios vivir al margen de la Revolución, que en sólo dos décadas había traído un rosario de desgracias a la parte del Imperio Ruso que los bolcheviques heredaron después de bajarse los pantalones ante Alemania en Brest-Litovsk. Había llegado la hora de revertir tal estado de cosas.
En Estonia, a diferencia de en otras regiones del Imperio, el comunismo no era sino una doctrina exótica practicada el vecino que, curiosamente, contaba con multitud de adeptos en Occidente. No se habían acometido nacionalizaciones, ni colectivizaciones agrícolas ni, naturalmente, purgas ideológicas y deportaciones, peculiaridades soviéticas que llevaron el dolor y el horror a tantos lugares. Alejados del infierno soviético, los estonios prosperaron en su corto periodo de independencia. Liberada del corsé zarista, Estonia había desarrollado una relevante clase de pequeños propietarios, al tiempo que su nueva moneda, la corona, ganaba estabilidad y reorientaba su comercio hacia Occidente. Valga como dato definitivo de la vocación de aquella primera república estonia el hecho de que en 1940 sólo el 3% de sus intercambios comerciales tenía por consocio a la Unión Soviética.
La deportación de junio
Todo cambió a partir de junio de 1940, fecha en que se hizo efectiva la ocupación. Dos meses más tarde quedó establecida formalmente la República Socialista Soviética de Estonia.
La primera medida de los nuevos patronos enviados desde Moscú fue acometer una limpieza integral del tejido social. Se prepararon listas de "enemigos del pueblo", es decir, de gente que tenía que ser reeducada o, en el peor y más frecuente de los casos, eliminada físicamente. Aquellas listas –elaboradas en 1941– incluían a todos los miembros del anterior Gobierno, a todos los altos funcionarios, a todos los jueces, a la jerarquía militar al completo, a los miembros de los partidos políticos y de las organizaciones estudiantiles, a los oficiales de policía, a los representantes de empresas extranjeras y a todos aquellos que tuviesen alguna relación conocida con el extranjero, ya fueran aficionados a la filatelia, socios de la Cruz Roja o estudiantes de esperanto. En otros listados figuraban los empresarios y propietarios nacionales y el clero protestante en pleno, es decir, los fantasmas familiares del bolchevismo.
Estas categorías representaban aproximadamente un cuarto de la población total del país, que por aquel entonces rondaba el millón de personas. En la década de los 40, que fue testigo también de la ocupación nazi, todos los que pertenecían a las categorías referidas fueron encarcelados y deportados. Casi todos murieron víctima de las torturas, los pelotones de fusilamiento o el hambre.
Tras los soldados llegó la administración soviética. Durante el primer año de ocupación fueron detenidas y conducidas a la checa de Tallin unas 8.000 personas. Entre ellas figuraba el anterior Parlamento estonio al completo, el mismo que se había rendido en espera de un mejor trato. Todos los diputados, a excepción de uno, que logró escapar a Suecia, fueron ejecutados, se suicidaron o fueron internados en clínicas mentales, donde al poco fallecerían.
El procedimiento fue tan rápido que no hubo tiempo ni para ensayar una pantomima legal. Los sospechosos que sobrevivían a la checa salían de Tallin en dirección a unas casas de campo de las afueras de la ciudad, donde eran fusilados sin más dilación y enterrados en fosas comunes. Para ahorrar munición, los guardias soviéticos sólo efectuaban una carga. Esto ocasionó que muchos fuesen a la fosa aún con vida.
La profunda transformación social que exigía la recién nacida República Socialista Soviética de Estonia requería la liquidación del pequeño propietario de tierras, con independencia de si el campesino de turno vivía con lo justo y su propiedad se limitaba a una pequeña parcela y un pedazo de bosque. En junio de 1941, conforme a una directiva emitida por Andrei Zdhanov, enviado especial de Stalin al Báltico, comenzaron las deportaciones masivas de campesinos estonios a Siberia. El objetivo que perseguían las autoridades moscovitas con este tipo de acciones era doble: por un lado, fulminar a los pequeños propietarios que pudieran, en un momento dado, mostrarse reacios a las colectivización, y, por otro, ir dejando espacio para la rusificación de la zona.
La deportación, oficialmente llamada "evacuación forzosa", fue llevada a cabo por una troika (trío) compuesta por dos comisarios del pueblo: Boris Kumm (Seguridad) y Andrei Murro (Interior), y por el secretario general del Partido Comunista Estonio, Karl Säre. En la noche del 13 de junio, brigadas de oficiales soviéticos auxiliados por miembros del partido comunista tomaron pueblos y aldeas en todo el país. Cada brigada llevaba consigo una lista de evacuables, que debían ser sacados de sus casas a la fuerza y arrojados a vagones de ganado. Para evitar problemas de orden público y heroicidades de última hora, los afectados desconocían no ya su inclusión en las listas, sino la existencia misma de éstas. Casi 12.000 personas fueron deportadas en sólo una semana. Su destino eran los campos de trabajo siberianos. Más de la mitad murieron, una parte durante el viaje en tren, realizado en condiciones infrahumanas, y la otra a lo largo del primer invierno en Siberia.
Para la última semana de junio la sovietización de Estonia avanzaba de acuerdo a lo planeado. Sobrevino entonces algo que nadie, ni los desdichados estonios ni el Politburó moscovita, esperaba: en la madrugada del día 22, tres millones de soldados alemanes atravesaron la línea pactada en agosto del 39. En apenas dos semanas, el Ejército Rojo se vino abajo. Las divisiones soviéticas se rendían en masa o se batían en retirada como alma que lleva el diablo.
Entre nazis y soviéticos

La Operación Barbarroja, tal y como Hitler la había bautizado –en recuerdo del emperador Federico I–, se articulaba en tres grupos de ataque: el primero se dirigiría al sur, y su misión era conquistar Ucrania; el segundo, al centro, a Moscú, corazón del Imperio Rojo; el tercero, al mando del mariscal Ritter von Leeb, pondría rumbo al norte, para tomar Leningrado y, de paso, liberar las repúblicas bálticas.
La noticia de la invasión fue recibida en Estonia con esperanza. El 1 de julio las tropas alemanas se encontraban en Riga, lo que hacía presagiar que, a ese ritmo, Estonia sería conquistada en poco más de una semana. Desesperadas por una derrota absoluta que no terminaban de explicarse, las autoridades soviéticas tomaron la determinación de no retirarse sin antes destruir todo lo que pudieran.
Tal estrategia de tierra quemada, que más tarde adoptarían los alemanes en el sentido inverso de la invasión, se cebó con Estonia por ser ésta la república más septentrional. Para evitar que los nazis liberasen a los presos políticos en curso de depuración, los soviéticos emprendieron el asesinato masivo de reclusos. No hubo tiempo de torturas ni, en muchos casos, de enterrar los cadáveres. Apremiados por la cercanía de los alemanes, los soviéticos perpetraron matanzas sin nombre. En la prisión de Tartu liquidaron de una vez a 192 presos. Los cuerpos fueron arrojados a un par de fosas excavadas apresuradamente en el patio del penal; los que no cupieron fueron arrojados al pozo de la prisión.
Con todo, los fusilamientos en las cárceles no fueron más que el aperitivo de la desordenada y criminal retirada del Ejército Rojo. Al calor de la invasión alemana se habían formado en el campo partidas de guerrilleros que, bajo el nombre de Hermanos del Bosque, hostigaban a las tropas soviéticas y a los numerosos agentes de la Checa (NKDV) que fusilaban sumariamente a los jóvenes que se negaban a alistarse. Por orden directa de Stalin, se constituyeron batallones especiales cuyo único mandato era destruir lo que encontrasen y matar al mayor número de gente posible.
Las órdenes eran simples, y no imponían restricción alguna a los miembros del Ejército Rojo. Esto dio lugar a un sinnúmero de atrocidades y a la muerte de miles de inocentes, especialmente en los pueblos. Los soldados, dándolo todo por perdido, tiroteaban a la población civil y violaban, y posteriormente mutilaban, a las mujeres. Multitud de granjas y aldeas fueron incendiadas, y el asesinato a bayonetazos de menores de edad se convirtió en moneda corriente. A finales de agosto, en la última fase de la retirada, chequistas, soldados y miembros de los batallones disparaban a todo el que se les ponía a tiro.
El día 28 los alemanes entraron en Tallin, sobrecogida de tal manera por la violencia soviética que recibió a los nuevos amos como salvadores. La isla de Saaremaa permanecería bajo control soviético otros dos meses, durante los cuales el terror rojo se agudizó hasta extremos intolerables. El castillo de Kuressaare se transformó en una inmensa checa en la que los agentes de la NKDV dieron rienda suelta a sus instintos más bárbaros. Su especialidad era introducir las piernas de los sospechosos en agua hirviendo y, luego, arrancarles los ojos. Todo en nombre de una República Socialista que había dejado de existir.
El sufrimiento de los estonios no acabó con la llegada de los alemanes. Ni mucho menos. En su huida, los soviéticos habían alistado a la fuerza a 33.000 jóvenes, que desde ese momento pasaron a ser la carne de cañón del Ejército Rojo. Buena parte de ellos, unos 8.000, fueron declarados "no confiables" y enviados de inmediato al Gulag siberiano; el resto pasó a conformar el Cuerpo de Fusileros Estonios, masacrado en casi su totalidad durante esa "guerra patriótica" que no iba con ellos.
Para el año 1944 los alemanes habían perdido la guerra y se retiraban en desbandada hacia el sur. Viéndolas venir, muchos estonios abandonaron el país, buscando refugio en Suecia o Alemania, de donde más tarde hubieron de salir, con lo que conformaron la diáspora estonia. El resto, nuevamente presa de una inexplicable ingenuidad, concibieron la idea de que podrían recuperar la independencia formando milicias que llamasen la atención de los aliados occidentales. Nada de eso sucedió. En otoño de ese año la URSS se hizo de nuevo con el control del país: automáticamente, y esta vez sin componenda alguna, los soviéticos reemprendieron la labor que habían dejado a medio hacer tres años antes.
Entre 1944 y 1945 fueron enviados a Siberia 10.000 hombres. La práctica totalidad murió durante el primer año. Al año siguiente los deportados ascendieron a casi 14.000; por descontado, compartieron el destino de los compatriotas que les habían precedido. Estas primeras limpiezas tenían por objetivo principal a los varones jóvenes, más proclives a enredarse en guerrillas y ofrecer resistencia.
La deportación de marzo
Ahora bien, los jerarcas comunistas no tenían pensado dejar tranquilo al resto de la población. Entre 1947 y 1948, con la guerra ya terminada y el impenetrable Telón de Acero garantizado la impunidad soviética, se planificó cuidadosamente una deportación masiva de carácter étnico. El propósito no declarado era reorganizar demográficamente las repúblicas bálticas y ablandar a los que quedasen para que aceptaran sin rechistar la colectivización de la tierra.
En sólo tres días, casi 100.000 ciudadanos de Letonia, Lituania y Estonia fueron deportados a Siberia, en una operación sin precedentes. De Estonia salieron unos 20.000, aunque en origen se había planeado que fueran 30.000, o lo que es lo mismo, el 2,5% de la población. La deportación fue masiva y sin concesiones. Familias enteras tuvieron que subir a trenes destinados al transporte de ganado, sin más elección que abordar el vagón de turno o morir en el acto de un balazo. El deportado más joven era un bebé de un día de vida; el más mayor, una anciana de 95 años. Ambos murieron en Siberia.  
El destino de los deportados eran provincias lejanas en mitad de ningún sitio. Los más afortunados sobrevivieron cultivando aquellas tierras gélidas en improvisados koljoses donde la esperanza de vida se cifraba en meses. Los menos murieron de hambre y frío en los interminables trayectos ferroviarios, no muy diferentes a los que, años atrás, padecieron los judíos que acabaron en los campos nazis. A uno de los grupos, asentado en las cercanías de una base militar de la provincia de Omsk, le tocó ser el conejo de indias de las primeras pruebas nucleares soviéticas. La radiación ocasionó a los deportados enfermedades de todo tipo, abortos en mujeres embarazadas y malformaciones en los recién nacidos. Nadie se hizo cargo de aquel horror.
Las deportaciones continuaron hasta, más o menos, la muerte de Stalin, en 1953. Para entonces, unos 50.000 estonios, hombres, mujeres, niños y ancianos, habían sido arrestados y metidos en vagones camino del Gulag. Su único pecado fue ser estonios y dejarse atrapar por un Estado omnipotente para el que la vida y la dignidad humanas apenas tenían valor.
La deportación estaba en la naturaleza misma del régimen soviético, y los estonios fueron una minoría dentro de los movimientos forzosos de población que los dirigentes soviéticos llevaron a cabo durante años. Letones, lituanos, ucranianos, bielorrusos, georgianos, calmucos, chechenios… la lista es tan grande como la de nacionalidades que, bajo el yugo del PCUS, convivían en la Unión Soviética. El objetivo era controlar a la población y mantenerla acobardada. Para ese fin no había mejor receta que la del terror indiscriminado y arbitrario.
La suerte de los "enemigos del pueblo" deportados fue muy benigna en comparación con la de los enemigos declarados del Ejército Rojo, los Hermanos del Bosque. Los agentes de la Cheka barrieron durante años el medio rural, en busca de miembros y simpatizantes de una guerrilla que ya había desaparecido. Los métodos eran los habituales: torturas a los aldeanos y ejecuciones sumarias basadas en simples sospechas o en acusaciones secretas de terceros.
Entre las deportaciones y los fusilamientos, Estonia se sovietizó a una velocidad vertiginosa, la que los responsables del Partido Comunista pretendían imprimir desde el mismo momento en que el primer soldado del Ejército Rojo cruzó la frontera, en 1940. El miedo cerval al Estado y a las consecuencias que se derivarían de poner en cuestión el sistema quedó instalado en la mentalidad del pueblo. La calma que sucedió a la primera década de asesinatos y persecuciones no era más que una fina película, bajo la cual latía una mezcla de recelo mutuo. En la Unión Soviética todos desconfiaban de todos, y ésa era la argamasa que unía por fuera a una sociedad quebrada por dentro.
La desestalinización de tiempos de Jrushchov suavizó las formas pero no el fondo de un régimen enfermo. Los supervivientes de las deportaciones de marzo solicitaron permiso para volver a Estonia. Muchos lo consiguieron, pero al volver se encontraron con que su país ya no era su país. Y es que los estonios enviados a Siberia habían sido reemplazados por rusos, bielorrusos y ucranianos, invitados a asentarse en pueblos que, una década antes, estaban habitados exclusivamente por estonios. A esto se sumaba el estigma social que pesaba sobre los deportados, convertidos en ciudadanos de segunda y sometidos a vigilancia continua por parte de la policía.
En 1989 los estonios representaban sólo el 60% de la población de Estonia, un 35% menos que en 1945. Del millón de habitantes con que contaba el país al comenzar la dominación soviética, cerca de 180.000 perdieron la vida durante la misma y a causa de la misma. Esto equivale a un 17% de la población. En la España de hoy estaríamos hablando de 7 millones de personas. ¿Lo soportaríamos?
A diferencia de la Alemania Federal de posguerra, que asumió la responsabilidad de los crímenes nazis pagando por y haciéndose cargo de ellos, ningún Gobierno ruso se ha disculpado u ofrecido facilidades para investigar el Terror Rojo y llevar a los culpables que queden con vida ante la Justicia. Las varas de medir para los genocidios de las dos grandes tiranías del siglo XX siguen siendo muy distintas.

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