En 1992, el marxista e indigenista Eduardo Galeano escribió un ensayo titulado “Cinco siglos de prohibición del Arcoiris en el Cielo Americano”. En él expresa su propia imagen idealizada de los indígenas americanos y su crítica a la conquista europea. Las cosas que Galeano afirma en este ensayo, con todo, son tan ciertas como los mitos indígenas que a él le gustan, o sea: totalmente falsas. Así, por ejemplo, por puro romanticismo Galeano escribe:
“¿Ignoran el derecho de propiedad, y comparten todo, y carecen de afan de riqueza? Porque son mas parientes del mono que del hombre.”
¿Jamas golpean a los niños, y los dejan andar libres? Porque son incapaces de castigo ni doctrina.”
Las afirmaciones entre signos de interrogación son según Galeano la realidad de los indígenas, y las afirmaciones que les siguen son la interpretación “racista” y errónea de los europeos.
Veamos. Galeano sostiene que los indígenas americanos “jamás golpean a los niños”. ¿De dónde sacó esto?. Lo inventó, nada más.
Veamos si es cierto. Alfonso Graña fue un gallego que, tras hacer un viaje al Amazonas, se quedó viviendo largamente con los indios jíbaros de Ecuador, y se casó con la hija del jefe. Fue coronado entonces como “Alfonso I rey de los jíbaros”. Rosa Iglesias Graña, de Iquitos, sobrina de Alfonso Graña, relata: “Alfonso Graña tuvo dos hijos con la hija del jefe de los jíbaros, ambos de tez blanca, ojos celestes y cabello rojizo. La niña (que era la mayor) murió muy joven, a los 10 años, a consecuencia de los golpes que su madre le propinó en la cabeza, tratando de impedir, que el padre se llevara al hermano de siete años, a conocer su familia en Iquitos, hijo de ambos, llamado también, Alfonso, pensando probablemente que no lo volvería a ver. Y así describe Doña Rosa, la muerte de la niña: “…la madre golpeaba a la niña contra el árbol más cercano, mirando a Alfonso para que desistiese del viaje, pero él bajó la cabeza y subió con su hijo menor, a la balsa, que estaba repleta de plátanos, carne disecada y otros productos, y puso rumbo a Iquitos a ver a su hermana.”
El libro Yopo, shamanes y hekura, escrito por María Isabel Eguillor García (1984), es una etnografía realizada habiendo vivido la autora siete años con los indios yanomami del Amazonas. En ella se describen numerosos aspectos de la vida de estos indígenas. La autora está lejos de haber escrito un libro contra los indios, y hasta sugiere que occidente podría aprender algunas cosas de ellos.
Sostiene la autora en un párrafo: “Existe también la “violencia de arrebato”, es decir, la primaria. Hemos visto a un papá flechar a su hijo de 10 años porque les estaba fastidiando; a un joven tirar al río su motor fuera/borda porque no le prendía; a un hombre adulto arrancar de un mordisco la yema del dedo a su esposa porque no le trajo el agua cuando se la pidió; a un esposo poco escrupuloso matar de una patada al hijo que su mujer llevaba en las entrañas” (p. 211)
Poco después, en la misma página, leemos: “Si un niño golpea a otro de su edad, el papá, la mamá o cualquiera de sus hermanos, al oirlo, corre a incitarlo a que devuelva el golpe a ser posible en el mismo lugar donde sintió el daño. Si es preciso lo arman con un palo y le azuzan para que de el porrazo. Si el miedo le hace huir, lo ponen una y otra vez en actitud de que vengue la ofensa, pero si por temor el ofendido rehusa hacer justicia, entonces el golpe recae sobre él ¡pues tiene que aprender a defenderse!” (p. 211)
Todo esto tiene sentido considerando que el niño en su adultez efectivamente deberá ser violento, pues esta tribu, como otras del Amazonas, guerrea intermitentemente. En las guerras atacan y matan a los miembros de otras tribus y, como está ampliamente difundido, roban mujeres. Cuando las roban, las violan en grupo. Basta con que un hombre secuestre a una mujer y la lleve a vivir con él para hacerla su esposa.
En este documental aparecen hombres y mujeres yanomami explicando que, cuando un hombre yanomami rapta una mujer de otra tribu (costumbre común en el amazonas) y la lleva a la suya, todos los hombres de la tribu violan a esa mujer, uno por uno, y la mujer llora.
En su libro “Vacas, cerdos, guerras y brujas”, el antropólogo Marvin Harris explica que:
“La captura de mujeres durante las incursiones sobre aldeas enemigas es uno de los principales objetivos de la guerra entre los yanomamo. Tan pronto como un grupo realiza con éxito una incursión y se siente a salvo de la persecución, los guerreros violan en grupo a las mujeres cautivas, Cuando regresan a su aldea, entregan las mujeres a los hombres que han permanecido en sus hogares; éstos las vuelven a violar en grupo. Después de muchos regateos y discusiones, los incursores asignan las mujeres cautivas como esposas a guerreros particulares.
Una de las historias más aterradoras sobre los yanomamo es la relatada por Helena Valero, una mujer brasileña capturada por un grupo incursor cuando tenía diez años. Poco después, los hombres que la habían capturado comenzaron a pelearse entre sí. Una facción aplastó a la otra, mató a todos los niños pequeños golpeando sus cabezas contra las piedras y se llevaron las mujeres supervivientes a sus hogares. Helena Valero pasó la mayor parte del resto de su infancia y juventud huyendo de un grupo de incursores para ser capturada por otro, volviendo a huir de éste, ocultándose en la jungla de sus perseguidores, y volviendo a ser capturada y asignada a diferentes maridos. Resultó herida dos veces por flechas con puntas envenenadas con curare, y tuvo varios hijos antes de lograr huir finalmente a un centro misionero situado en el río Orinoco (…)
Los hombres exigen que su hijo primogénito sea varón. Las mujeres matan a sus hijas hasta que pueden presentar un hijo varón. Después, tal vez eliminen a las criaturas de ambos sexos. Las mujeres matan a sus hijos estrangulándoles con enredaderas, saltando sobre los dos extremos de un palo colocado sobre la garganta de la criatura, golpeando su cabeza contra un árbol, o simplemente dejándola valerse por sí misma en la jungla. El efecto neto del infanticidio y otras formas más benignas de la selección sexual es una proporción sexual en la juventud de 154 niños por cada 100 niñas.
(…) las mujeres yanomamo colaboran activamente en su propia explotación matando y descuidando más a sus hijas que a sus hijos. Es verdad que los hombres yanomamo prefieren los segundos a las primeras. Una mujer que decepciona a su marido por no criar hijos caerá indudablemente en desgracia ante él y correrá el riesgo de ser golpeada más a menudo. Sin embargo, creo que las mujeres, si les interesara, podrían invertir fácilmente la proporción entre los sexos en favor de las hembras. Las mujeres dan a luz en el bosque, lejos de la aldea, sin que los hombres estén presentes. Esto significa que podrían practicar el infanticidio selectivo de los varones con toda impunidad después del nacimiento de su primer hijo. Además, no les falta infinidad de oportunidades de practicar la negligencia selectiva contra todos sus hijos varones sin correr el riesgo de que sus maridos lo descubran o tomen represalias. Por lo menos puedo citar un buen ejemplo de cómo las mujeres pueden ejercer un control soberano sobre la proporción entre los sexos. Chagnon dice que una vez vio cómo una «madre joven, bien alimentada y regordeta», consumía un alimento (probablemente puré de plátanos) que fácilmente podría comer una criatura. Junto a ella estaba su hijo de dos años «demacrado, sucio y casi muerto de hambre», que extendía la mano en busca de algo de este alimento, Chagnon preguntó a la madre por qué no daba de comer a su hijo; ésta le explicó que había padecido un caso grave de diarrea algún tiempo atrás y había dejado de dar de mamar. Como consecuencia, la leche de la madre se había agotado y no tenía nada para darle. Decía que no servirían otros alimentos porque «nó sabía cómo comerlos». Chagnon insistió entonces «en que compartiera su alimento con el hijo». El niño comió vorazmente, lo que llevó a Chagnon a concluir que lo «estaba dejando morir de hambre lentamente».”
(Marvin Harris; ‘Vacas, cerdos, guerras y brujas’)”
Por lo demás, lo anterior es coherente con los hallazgos de la arqueología sobre la prehistoria. Se han hallado esqueletos decapitados de niños homínidos con evidencia de canibalismo. Joseph Birdsell cree en escalas de infanticidio de 15-50% del número total de nacimientos en tiempos prehistóricos. Williamson calcula menores proporciones, de 15-20%.Ambos creen que altos índices de infanticidio persistieron hasta el desarrollo de la agricultura. Algunos antropólogos comparativos han calculado que el 50% de los neonatos de sexo femenino fueron matados por sus padres en el paleolítico.
Galeano afirma también por puro antojo suyo que los indígenas americanos “ignoran el derecho de propiedad, y comparten todo”. Ciertamente estas afirmaciones Galeano no las hace basándose en estudios empíricos, sino en sus corazonadas románticas. Veremos que, por ejemplo, los indios yanomami del amazonas sí conocen el derecho de propiedad y además practican frecuentemente el robo.
Eguillor García (1984) cita un párrafo escrito por Chagnon, otro antropólogo que vivió entre los yanomami largamente, donde este último dice:
“Lo que más me molestaba, eran las incesantes, apasionadas y agresivas demandas que los yanomami me hacían: Dame un cuchillo, yo soy pobre. Si no me llevas contigo a Witokaya romperé tu curiara. No me hagas fotos, porque te voy a golpear. Préstame tu linterna. Llévanos de cacería. Déjanos tu escopeta. Dame un hacha o entraré en tu casa cuando no estés y te robaré una. Ceder a una demanda sería mucho más grande e iría mucho más lejos y la ira de ellos también más grande si la demanda no era concedida” (p. 210)
Como vemos, los indígenas piden y exigen cosas al que las tiene porque “son pobres”, y dicen que si el que tiene esas cosas no se las da, se las van a robar. El asunto es que el que tiene esas cosas las ha comprado con dinero ganado trabajando, no se las ha robado ni exigido a nadie más. El robo es frecuente entre los yanomami: uno de los principales métodos que utilizan para obtener objetos es el de robárselos a comunidades de blancos, a otras tribus indias o incluso a miembros de su propia tribu. María Isabel Eguillor García (1984) escribe:
“Alfonso Vinci estuvo en contacto con los yanomami. Del grupo con el que trató da este juicio:
“Todo lo que ayuda a su existencia de nómadas es arrebatado a la tierra, a las plantas, a los animales, con esfuerzo y una lucha más o menos dura y peligrosa. Es lógico que se deban arrebatar también estos artículos de primera necesidad a los hombres, siempre que estos los tengan.”
Sí, el robo, propio de todos los pueblos nómadas, está presente en la vida ético-religiosa yanomami, cosa que les lleva a ser mirados con recelo y desconfianza por las etnias con las que entran en contacto.
El comercio, la facilidad y generosidad en regalarse y prestarse las cosas, aminora sensiblemente el robo entre ellos, pero no está ausente y muchas veces la propiedad se ve trastocada por la falta de respeto a lo ajeno. Cosas tan apetecidas culturalmente por ellos como el tabaco, por ejemplo, es causa de macanazos certeros para el que osó sustraerlo. Po eso el robo entre ellos no suele ser tan significativo, porque tienen mecanismos serios para controlarlo, como el que practican a expensas de los que viven junto a ellos, como son los makiritares, yerales o criollos, de los que se excusan diciendo “que cuiden mejor sus cosas”. Porque una cosa que a estos indígenas les llama la atención es que cuando les roban algo a los napë no se lo hagan devolver. La única forma de poder hacer frente al robo es ponerse bien bravo y exigir la devolución de lo robado, pero generalmente los pocos que viven alrededor de los yanomami temen el tomar esa actitud porque recelan de la reacción del grupo, por eso ellos se envalentonan y roban cuanto pueden.
El robo está justificado culturalmente encontrando apoyo en varios mitos que ya conocemos: a Porehimi le roban los plátanos; a Iwariwë le roban el fuego; a Omawë se le reconoce como raptor de Kamanaeyoma, la hija de Rahariwë que trata de castigar al yerno con una impresionante inundación en una visita a su casa. Es decir, lo básico en la cultura yanomami: fuego, plátanos y mujeres, lo han adquirido por robo. Este, pues, está admitido, legitimado y hurtan siempre que pueden bien sea objetos, frutos y hasta mujeres, aunque ello sea causa de enfrentamientos, peleas y de verdaderas y sangrientas guerras al haberse dejado descubrir, porque ahí está lo “malo” del robo: el hacerlo en forma que el ladón se vea sorprendido y puesto en evidencia.
Sería falso catalogar a todos los yanomami de ladrones pues aunque sabemos que toda conducta se ordena de acuerdo a unas pautas culturales brindadas por la sociedad para que ésta pueda vivir, sin embargo no es determinista, es decir, la sociedad funciona dejando al individuo la oportunidad de demostrar que es un ser distinto, individual, con sus propias características, necesidades y sentimientos. Este hecho se verifica aún en sociedades tan cohesionadas y en culturas tan integradas como la yanomami, en la que no se encuentran dos que sean totalmente semejantes. Pero a pesar de esta salvedad no podemos olvidar realidades como ésta de que el individuo asume ciertas nomas de comportamiento, como la de robar, porque están legitimadas en sus patrones culturales.” (p. 217)
Mientras que los relativistas postmodernos afirman que si la ciencia es racista esto descalifica a la ciencia, nosotros los racionales afirmamos que lo que la ciencia y la observación empírica permiten saber es verdad, de modo que si la ciencia es racista, eso implica que el racismo es correcto.
La causa de la idea falsa de que los pueblos indígenas son “pacíficos” es una confusión debida a un tipo de pensamiento con un bajo nivel de abstracción y de capacidad de distinción, es decir, un pensamiento analógico (como el de Galeano). Se confunde el hecho de que los indígenas “no son violentos” contra la tierra con el hecho de que, supuestamente, no serían violentos entre sí. Si bien todos los pueblos indígenas matan animales cruelmente, en occidente y desde la “new age” irracionalista se cree que los pueblos indígenas “no son violentos contra la Tierra” porque no la dañan debido a su ignorancia científica y a su escasa tecnología, y entonces se considera también, siguiendo las teorías postmodernas, que “la razón es violenta” contra la tierra y además es “racista”. Sin embargo, los pueblos indígenas no explotan la tierra para su beneficio porque no saben cómo hacerlo, pero sí son muy violentos contra los seres humanos, entre tribus e incluso contra miembros de sus propias tribus. Su violencia es irracional, mientras que la “violencia” científica y occidental es racional pero totalmente legítima para erradicar los modos de vida primitivos e inferiores y construir ciencia y tecnología para que el ser humano evolucione y pueda vivir cada vez mejor.
Pepe Vergara
Totalmente permitida su reproducción.
__________________________________________________________________________________________
Eguillor García, María Isabel (1984). Yopo, shamanes y hekura. Aspectos fenomenológicos del mundo sagrado yanomami. Caracas: Editorial Salesiana.
Galeano, Eduardo (1992). Cinco Siglos de Prohibición del Arcoiris en el Cielo Americano. En: ‘Ser como ellos y otros artículos’. México: Siglo Veintiuno Editores.
Harris, Marvin. Vacas, cerdos, guerras y brujas.